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OPINIÓN

Raúl Martínez, con pelo corto y oscuro y barba recortada, aparece en primer plano. Lleva varios pendientes y mira ligeramente hacia abajo. La imagen en blanco y negro presenta un borde circular.

La Selección Española nunca fue de la derecha

Artículo de opinión de Raúl Fernández con motivo de las polémicas en torno al Mundial de fútbol

Cada vez que la selección española alcanza una gran competición reaparece una idea tan repetida como poco sustentada: que la izquierda ha dado históricamente la espalda a la selección y que son únicamente la derecha y la ultraderecha quienes representan el sentimiento de apoyo a España y a sus símbolos. Sin embargo, basta con repasar la historia reciente para comprobar que esa caricatura no resiste el contraste con la realidad.

La inmensa mayoría de personas de izquierdas que disfrutan del fútbol apoyan con absoluta normalidad a la selección española. Como ocurre en cualquier ideología y en cualquier deporte, también hay quien no sigue el fútbol, quien rechaza el fútbol moderno por su mercantilización o quien considera que el enorme espacio mediático que ocupa este deporte eclipsa otros asuntos más importantes. Y están en su legítimo derecho. Pero eso no convierte el apoyo a la selección en un patrimonio ideológico de nadie.

De hecho, han sido especialmente sectores de la derecha y de la ultraderecha quienes durante años han cuestionado a determinados jugadores de la selección por razones ajenas al deporte. Futbolistas de ascendencia africana como Nico Williams o Lamine Yamal han sido objeto de comentarios y ataques que poco tenían que ver con su rendimiento y mucho con una determinada concepción excluyente de la identidad española. También jugadores como Borja Iglesias fueron duramente criticados por mostrar públicamente su compromiso social, como cuando se pintó las uñas de negro para denunciar el racismo y la homofobia. Otros internacionales vascos o catalanes también recibieron campañas de desprestigio por su origen o por sus opiniones.
Paradójicamente, quienes hoy intentan apropiarse del éxito de la selección son, en muchos casos, los mismos sectores que hace no tanto tiempo cuestionaban la españolidad de algunos de sus protagonistas.

La España que representa esta selección resulta incómoda para quienes defienden una visión uniforme del país. Diversa y plural, donde conviven jugadores de distinta procedencia, orígenes familiares y trayectorias vitales. En definitiva una España más parecida a nuestros barrios que a la imagen homogénea y carca que algunos pretenden imponer.
Esta selección, formada por Lamine Yamal, Nico Williams, Mikel Oyarzabal o Borja Iglesias representan la España abierta y plural con la que muchas personas de izquierdas se sienten identificadas.

La prueba es sencilla. Son numerosos los referentes culturales, sociales y políticos progresistas que han mostrado públicamente su apoyo a la selección española cuando compite. Actores como Javier Bardem, escritores como Isaac Rosa o responsables públicos de distintos niveles institucionales lo han hecho con absoluta normalidad. En nuestro entorno más cercano ocurre lo mismo: la alcaldesa de Rivas Vaciamadrid, Aída Castillejo, ha compartido en sus redes sociales el seguimiento y apoyo a la selección, desmontando esa falsa idea de que la izquierda vive de espaldas al combinado nacional.

Lo que sí ha existido durante décadas es un intento de convertir los símbolos comunes en patrimonio exclusivo de una parte del espectro político. La bandera, el himno o la propia selección han sido utilizados demasiadas veces como herramientas de confrontación, insinuando que quien no comparte determinadas posiciones políticas tampoco puede sentirse identificado con España.

Ese planteamiento no solo es falso; también empobrece la convivencia democrática. La selección pertenece a todos los españoles, no a un partido ni a una ideología. Precisamente por eso resulta tan incómodo para algunos que el equipo nacional simbolice una España diversa, donde el talento importa más que el apellido, el color de la piel o el lugar de nacimiento de los padres.

Los “patriotas de pulsera” intentan construir su patriotismo a base de excluir todo lo que no les gusta. Usando los símbolos del país en arma arrojadiza mientras miran para otro lado, justifican o defienden la especulación inmobiliaria, la venta  de sectores estratégicos a grandes fondos de inversión extranjeros, o convierten nuestras capitales en parques temáticos para turistas.

La selección española demuestra justamente lo contrario: que España es mucho más amplia que cualquier intento de apropiación ideológica; que en ella caben personas de todas las sensibilidades políticas; y que sentirse orgulloso de un equipo que representa al conjunto del país no depende de votar a la izquierda o a la derecha.

Quizá el verdadero problema para quienes han intentado monopolizar durante décadas los símbolos nacionales es que esta selección ha hecho saltar por los aires su relato. La España que gana ya no responde al molde uniforme que imaginaban. Es diversa, plural y mestiza. Es la España real. Y precisamente por eso cada vez resulta más difícil sostener que el patriotismo tiene dueño.

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