No me gusta el mar. Por más que mi hermana y mi psicólogo no paren de decirme que todo se me pasará en cuanto me vaya una semana a la playa y vea la vida de otra manera, no tengo ninguna gana de largarme zangalamandanga al otro lado del país para ver a la tercera edad haciendo largos por las avenidas de palmeras, esperando como locos la hora de cenar y fingiendo que son felices. Eso por no hablar de las confesiones nocturnas en torno al ron o al vodka, cuando se quejan de la falta de atención de sus hijos y nietos, no digo que sin razón, pero demostrando al fin que la playa es como un arrumbadero de viejos donde se les empieza a olvidar en la misma vida.

   A mi psicólogo lo mismo le da, me pienso a ratos, incluso sale perdiendo porque si voy y no vuelvo pierde un cliente fiel y no están los tiempos para dejar escapar parroquianos, pero de mi hermana, la verdad, de esa sí que no me fío un pelo. Más cuando ella misma se ofrece tan amablemente para encontrarme un apartamento, que yo sé que será un asilo-fortaleza del que no podré escapar jamás, o se encarga de buscarme unos billetes baratos en un autobús de línea que seguramente será el menos revisado, el menos mantenido y el que todos los años se sale de la calzada en una autopista, se estrella contra varios vehículos que circulan de frente y se matan casi todos, yo incluido. Sería estar muerto, legalmente muerto, y ella se quedaría con todo lo mío, que mi hermana es el único bicho que tengo por pariente.

   En estas estoy, resistiendo su acoso:

   -Jubilado y con lo bien que estás, deberías aprovechar y marcharte una temporadita a Torrevieja, que dicen que este otoño va a ser muy suave y seco y se va a estar de muerte en la playa.  

   Y es que oigo lo de muerte, le veo la intención en los ojos y es que directamente la estrangularía con los mismos tirantes de su camiseta, pero trato de controlarme y hasta casi le sonrío:

   -Un otoño perfecto, sí, para disfrutar en todo el país, sobre todo en las zonas en que no hay alerta de gota fría, que según parece existe el riesgo de que fuertes temporales se lleven algunas zonas de la costa hasta Libia y de que sus habitantes sean pasto de los tiburones. Tú dirás lo que quieras, pero para vivir con el miedo en el cuerpo, viendo llover como en un estropicio mayor que el diluvio universal y acabar hinchado de agua salada como los malos marinos, mejor me quedo en Madrid y paseando por el Retiro, que tiene menos peligro, al menos de día.

   Hemos llegado a un punto en que no solo no nos convencemos de nada mutuamente sino que no nos soportamos lo más mínimo. Cuando ella se da cuenta de que no va a conseguir pasaportarme a ochocientos kilómetros para librarse de mí, comienza a perorar que más me vale espabilarme y vivir un poco, que ya tengo una edad, mucha, mucha, y que en tardando nada me tendrá que cuidar una boliviana, porque ella no piensa encargarse de un bobo tan terco como yo ni tiene la menor intención de limpiarme el culo. Y yo también me siento cansado de aguantarla, vale que yo tenga casi ochenta años pero es que solo le paso dos, o sea que lo mismo es ella la que se queda primero inútil y necesita las atenciones de la boliviana para sus necesidades diarias, porque a mí ni se me ocurre cargar con ella, que es un saco de intenciones dobles y claras manipulaciones. Ni el santo Job cargaría con ella.

   Y me quedo pensando, como ido, en que no me gusta el otoño, no me gusta mi hermana, no me gustan los psicólogos que me quieren cambiar el paso, no me gusta tener ochenta años, ni las cuidadoras bolivianas, no me gusta no saber explicarme bien, no me gustan los cambios, no me gusta el mar…

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