El periodista experto en flamenco Pedro Lorenzo comenta el desarrollo del festival, celebrado los días 19, 20 y 21 de febrero.
La primera jornada del festival ripense estuvo dedicada a la Gran Gala de Ganadores de las Minas 2025, protagonizada por Gregorio Moya, que se alzó con la Lámpara Minera y cuatro premios más. Acompañado por la guitarra de Paco Cortés, el cantaor manchego arrancó por seguiriyas y continuó por malagueñas con abandolaos a su forma, con su estilo morentiano inconfundible.
“Yo seré como la mimbre…”, “Nadie puede abrir Sevilla…”, dos de las varias letras que hizo por tientos y tangos, que también cantaba el maestro de Granada, arrancaron los aplausos del respetable. “Qué bonito cantas”, le espetó un espontáneo. “Se hace lo que se puede”, contestó el cantaor.
Se fue por tangos, de Morente también, y dijo que él era un simple aficionado, que el maestro era Paco Cortés, y para terminar su “aportación” se despidió con “La estrella”, de Morente, cómo no. Dice los cantes bien, que no es poco.
Tras el descanso apareció Salomé Ramírez, Premio Desplante Femenino, bailando por tarantos. Se alejó del escenario en un solo de guitarra por granaína y volvió la bailaora por alegrías: se retuerce, se dobla, bracea y mete los pies. ¡Olé!
Una tanda de fandangos, con los dos cantaores y el guitarrista en el centro del escenario mientras Salomé se volvía a cambiar. Regresó para bailar por soleá, bamberas y bulerías, y puso así fin a un primer día de arte discreto pero muy bien recibido por el público.
La segunda y gran jornada, en su primera parte, tuvo a Antonio Reyes con Pepe del Morao a la guitarra, Tate Montoya y Manuel Vinaza al compás, y Pastora Galván como artista invitada.
El chiclanero arrancó con soleares de Charamusco, tientos y tangos, y alegrías en las que apareció bailando Pastora con su poderío habitual. Le siguió cantando con su voz de bronce y miel, rematando por bulerías para irse al descanso entre grandes aplausos: cantes bien dichos, una guitarra impecable y una bailaora fetén.
Apareció Aurora Vargas, con un vestido amarillo, escoltada por Paco León en la sonanta, Tate Montoya y Manuel Vinaza al compás. La sevillana hizo alegrías con sabiduría y gracia; por soleá, con rajo, rabia y un metal que como pocas atesora doña Aurora Vargas.
Una larga tanda de bulerías, con el baile racial y desbocado de Aurora y un Paco León planísimo, subió definitivamente la temperatura del repleto Auditorio Pilar Bardem.
El culmen fue el fin de fiesta con todos los artistas sobre el escenario: cante, baile, compás y guitarra; una comunión de muchos quilates que puso en pie al teatro. Una noche para el recuerdo.
La tercera y última noche estuvo dedicada a Pastora Soler y su “Tour Rosas y Espinas. 30 años”.
Un escenario con piano, batería, bajo y guitarra eléctrica, preparado no solo para una noche de copla, sino también para temas de Whitney Houston y música disco.
Pastora nos contó su vida desde que salió de Coria del Río: sus discos, sus novios, su participación en Eurovisión. Por momentos parecía la declaración de una tonadillera mediática decidida a contarlo todo. Se cambió de vestido siete u ocho veces y se metió al público en el bolsillo. La gente sabía lo que iba a ver; yo no.
El flamenco tuvo su presencia los dos primeros días. El tercero fue otra cosa.









