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OPINIÓN

Foto de perfil de autor de Víctor Reloba López, director de Zarabanda.

Campeones del Mundo: ¡brindemos, España!

Artículo de opinión de Víctor Reloba, con motivo de la victoria de la Selección Española de Fútbol en el Mundial

España vuelve a ser campeona del mundo. Lo hemos celebrado en plazas, bares y salones. Discutiremos si nos merecíamos otro gol anulado por el árbitro, si la final superó en emoción a la anterior, si estamos ante la mejor selección de la historia de nuestro país o si Trump se merecía un desplante, tras intentar robarnos el pase a este momento de gloria con el impresentable de Infantino. Pero sobre todo lo hemos celebrado, juntos y juntas, al unísono. Y está bien hacerlo. El fútbol tiene esa rara capacidad de recordarnos que, de vez en cuando, un país entero puede sentirse parte del mismo equipo.

Pero quizá esta selección merezca ser recordada por algo más que por el resultado. Porque, además de ganar un Mundial, ha puesto rostro a una España que muchas veces pasa desapercibida entre el ruido político.

Ahí está Lamine Yamal. Un chico criado en Rocafonda, un barrio obrero de Mataró, que celebra sus goles formando con los dedos el «304», los últimos números del código postal de su barrio. En una época en la que el éxito suele ir acompañado de ostentación, él reivindica el lugar del que viene. Nos recuerda que el talento también nace en los bloques de viviendas, en las pistas de cemento y en los barrios donde demasiadas veces solo aparecen las cámaras cuando ocurre una desgracia. Conciencia de barrio, conciencia de clase. «Nativa o extranjera», reza el lema, «la misma clase obrera». Por eso, este catalán y español migrante de segunda generación no tiene reparos en levantar la bandera de Palestina cuando hace falta. Es la misma clase obrera, lo sabe bien él que ha sufrido el racismo incluso a manos de quienes dicen amar el fútbol, pero les puede más su odio.

Ahí está Nico Williams, hijo de una familia ghanesa que cruzó el desierto del Sáhara y llegó a España huyendo de la pobreza. Hoy emociona a millones de aficionados vestido con la camiseta de la selección. Su historia desmiente, mejor que cualquier tertulia, el discurso que presenta la inmigración únicamente como un problema. En ocasiones, una sociedad también gana cuando ofrece oportunidades.

Y ahí está Pau Cubarsí. Antes del Mundial no faltaron quienes dudaban de que un defensa de solo 19 años estuviera preparado para liderar la zaga de España. Sin embargo, respondió con una serenidad impropia de su edad. Resulta inevitable pensar en los miles de jóvenes españoles que cada día escuchan que todavía son demasiado jóvenes para asumir responsabilidades, acceder a un empleo digno o emanciparse. Quizá el problema no sea la juventud. Quizá el problema sea que demasiadas veces no confiamos en ella.

El joven defensa recibió el premio a mejor jugador joven del torneo, mientras que Rodri recibió el Balón de Oro como el mejor jugador del campeonato y Unai Simón hizo lo propio con el Guante de Oro, el premio al mejor portero. España solo encajó un gol en todo el Mundial, excepción lograda por De Ketelaere (Bélgica) en los cuartos de final. Para que luego diga Donald Trump que España no invierte en Defensa…

También merece un reconocimiento Borja Iglesias, pese a los pocos partidos jugados. Más allá de lo deportivo, aportó alma y motivación al equipo. En un deporte donde todavía abundan los tópicos sobre cómo debe comportarse un hombre, el delantero gallego lleva años rompiendo moldes. Se pinta las uñas, habla abiertamente contra la homofobia y el machismo, defiende causas sociales y, cuando el beso no consentido de Luis Rubiales a Jenni Hermoso sacudió el fútbol español, renunció voluntariamente a la selección hasta que hubiera cambios en la Federación. Lo hizo sabiendo que podía costarle el Mundial. Después volvió por méritos deportivos propios, demostrando que la coherencia no implica sacrificar los objetivos, sino que es el requisito para lograrlos más plenamente.

Esta selección demuestra que España no es más fuerte a pesar de su diversidad, sino gracias a ella. Hijos de migrantes, chavales de barrios humildes, jóvenes a los que se dio una oportunidad y deportistas que entienden que el compromiso social no termina cuando el árbitro pita el final del partido.

Y esa misma España también juega en la primera división en otros terrenos. Lleva más de treinta años siendo líder mundial en donación y trasplante de órganos, un éxito que solo se explica por una sanidad pública de excelencia y por una ciudadanía extraordinariamente solidaria. Ha sido pionera en derechos civiles: fue el primer gran país de tradición católica en aprobar el matrimonio igualitario y es el mejor país de Europa (del mundo, probablemente) para vivir para la población LGTBIQ+, según el Rainbow Map que elabora ILGA-Europe. También figura entre los países con mayor esperanza de vida y entre las democracias con mayores libertades y derechos del planeta. Son campeonatos sin medallas, pero con millones de beneficiarios.

Cuando brindemos por segunda vez por la segunda estrella, hagámoslo con una copa de vino español. No solo porque el momento lo merece, sino porque España posee la mayor superficie de viñedo cultivada del mundo, otro liderazgo silencioso que habla de nuestra historia, nuestro paisaje y nuestra cultura. Un liderazgo amenazado por los incendios y la emergencia climática: otro motivo más para ponernos las pilas con una transición ecológica justa.

Vivimos tiempos en los que algunos intentan convencernos de que España es un país en decadencia. Pero en Alemania no ganan mundiales y vuelven a recortar en pensiones, mientras miran con envidia las nuestras. Y una Francia que puede tener pronto a una Le Pen como Jefa de Estado mira de reojo al único país de la Unión Europea con un gobierno nítidamente de izquierdas, el nuestro. Hasta Meloni en Italia parece distanciarse de Trump, acercándose a una senda que solo el Gobierno de España se atrevió a abrir, al negarse a cumplir los objetivos de gasto militar de la OTAN y defender sin tapujos el derecho internacional frente al genocidio en Palestina.

Basta mirar esta selección de fútbol para descubrir otra realidad: la de un país que cuando confía en sus jóvenes, integra a quienes llegan, amplía derechos, defiende lo público y convierte la diversidad en una fortaleza, es capaz de competir con cualquiera.

Los Mundiales se ganan cada muchos años. Pero las sociedades en las que merece la pena vivir se construyen día a día, todos los días. Y quizá ese sea el campeonato que más merece la pena celebrar.

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