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«Ni cerebro rosa ni azul»: la neurociencia no tiene una prueba de la identidad de género

Ilustración anatómica del cerebro humano en la que aparecen segmentos multicolores que representan la identidad de género, con gotas de pintura que caen desde la parte inferior.

Emilia Redolar, investigadora de la UOC, explica por qué sexo, identidad, orientación y expresión de género no son sinónimos

¿Qué hace que una persona se reconozca a sí misma como quien es? La respuesta, sostiene la neurocientífica Emilia Redolar, no reside en una sola región cerebral, en un gen ni en una hormona. La identidad de género forma parte del sentido del yo que el cerebro construye «al integrar el cuerpo, la memoria, las emociones y la relación con los demás». Genes, hormonas, anatomía, plasticidad y socialización intervienen en ese proceso, pero ninguno lo determina por sí solo.

Redolar, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) e investigadora del Cognitive NeuroLab, advierte de que se confunden habitualmente cuatro conceptos que responden a preguntas distintas: sexo, identidad de género, orientación sexual y expresión de género. El sexo reúne rasgos biológicos como cromosomas, gónadas, hormonas y órganos sexuales; la identidad de género es, según la definición de la Organización Mundial de la Salud, la experiencia interna y profunda del propio género; la orientación sexual describe hacia quién se dirige la atracción afectiva, romántica o sexual; y la expresión de género es la forma de comunicar socialmente rasgos asociados a lo femenino, lo masculino u otras posibilidades.

«Los genitales son un estímulo tan sobresaliente, y una cuestión biológica insoslayable, que ofuscan la comprensión de que la identidad de género es la consecuencia de un largo proceso», señala la investigadora, que responde con un «ni muchísimo menos» a la pregunta de si tener ovarios o testículos determina la identidad de género. Una mujer trans puede sentirse atraída por hombres, mujeres, ambos o nadie, igual que una mujer cis, y que una niña prefiera el fútbol o un niño quiera pintarse las uñas no determina por sí solo su identidad: los gustos y los roles cambian entre épocas y culturas.

Sin marcador único

La neurociencia ha encontrado diferencias promedio entre algunos grupos cis y trans y ha formulado hipótesis sobre el desarrollo de las redes vinculadas a la percepción corporal, recuerda la UOC. Pero no existe un marcador único ni una prueba cerebral capaz de determinar la identidad de una persona. Ese doble mensaje —hay una base biológica y, a la vez, una enorme variabilidad individual— es, para la investigadora, esencial para explicar un fenómeno que «suele quedar sepultado por eslóganes».

Estas preguntas recorren Lo que somos bajo la piel, el ensayo de divulgación científica que Redolar publicó el 23 de septiembre y en el que explora cómo el cerebro construye la identidad general y la identidad de género combinando evidencia y relato personal.

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