La Guardia Civil confirma que el payaso nunca existió. La portavoz del PP, en cambio, es completamente real.
Artículo de opinión de Bob Bernstein.
Rivas se despertó este viernes con una noticia tranquilizadora y, a la vez, un poco decepcionante: el payaso siniestro que llevaba días recorriendo calles, parques y grupos de WhatsApp del municipio no existe. Nunca existió. La Guardia Civil ha terminado con el misterio de la manera menos emocionante posible: no hay constancia de un solo testimonio directo que permita acreditar que alguien se haya cruzado realmente con el personaje y las imágenes que alimentaron la historia presentan indicios de haber sido generadas mediante inteligencia artificial. Ni asesino en serie, ni psicópata disfrazado, ni Pennywise de la línea 9. Un bulo con maquillaje.
Lo curioso es que, aunque el payaso fuera falso, el espectáculo organizado a su alrededor fue completamente real. Y ahí entra en escena Janette Novo. La portavoz del PP de Rivas podría haber esperado a que alguien comprobara las fotografías. Podría haber preguntado a la Policía Local o a la Guardia Civil. Incluso podría haber recurrido a esa extravagante costumbre anterior a las redes sociales consistente en verificar una información antes de difundirla. Pero eso habría privado a Rivas de unas horas magníficas. Novo decidió compartir en sus redes sociales las imágenes del supuesto individuo mientras reconocía que no estaban verificadas y, al mismo tiempo, advertía de que la alarma social ya se había instalado y reclamaba avisos oficiales para que nadie restase importancia al asunto.
Es una técnica interesante: no sabemos si ha ocurrido, pero como la gente está preocupada porque estamos hablando de que ha ocurrido, las autoridades deben pronunciarse sobre lo que no sabemos si ha ocurrido. Hasta que llegó la Guardia Civil con esa manía tan poco festiva de comprobar las cosas. No había payaso.
La historia contenía, además, un detalle maravilloso. Según relató la propia Novo, una vecina «asustada» la llamó alrededor de las dos de la madrugada asegurando haberse encontrado con el misterioso personaje. No llamó al 112. No llamó a la Policía Local. No llamó a la Guardia Civil. Llamó a Janette Novo. Hay que reconocer que semejante nivel de confianza entre representante y representado honra a la democracia municipal. Otros políticos presumen de tener el despacho abierto; Novo, por lo visto, dispone de servicio de emergencias 24 horas. Uno intenta imaginar la escena como un homenaje a Gila: «¿Emergencias?». «No, Janette Novo». «Ah, perdone. Es que hay un payaso siguiéndome». «Entonces sí, dígame». Quizá el Ayuntamiento debería estudiar la incorporación del teléfono de la portavoz popular al Plan Municipal de Emergencias. Nunca se sabe cuándo puede aparecer otro personaje generado por inteligencia artificial y pillarnos con el 112 ocupado.
Aunque, pensándolo bien, quizá había motivos para que Novo reaccionara con especial sensibilidad. Su relación con los payasos viene de lejos. En particular con Payasos en Rebeldía, colectivo hacia el que la dirigente popular ha demostrado una querencia perfectamente descriptible siempre que entendamos «querencia» en su acepción de quererlos lo más lejos posible. De modo que bastó que apareciera la fotografía de un individuo con la cara pintada para que saltaran todas las alarmas. Uno comprende el trauma: después de años vigilando a los payasos ideológicamente sospechosos, aparece uno que además merodea de noche. El problema es que esta vez ni siquiera había payaso al que indignarse.
Y ahí está quizá la gran paradoja de la historia. Los de Payasos en Rebeldía, por mucho que puedan irritar a Novo, tienen la incómoda costumbre de existir. Se les puede ver, escuchar, fotografiar y, llegado el caso, criticar. El payaso siniestro de Rivas ofrecía muchas más facilidades: no necesitaba escenario, no hacía declaraciones, no podía desmentir nada y ni siquiera exigía subvención. El payaso perfecto para determinada batalla cultural: uno completamente imaginario. Bastaba una imagen, un WhatsApp y la certeza de que, si llevaba la cara pintada, alguna responsabilidad tendría.
Hasta podría decirse que la evolución política es notable. Antes preocupaban los Payasos en Rebeldía; ahora hemos alcanzado una fase superior: la rebelión de los payasos que no existen. Tiene ventajas evidentes. Contra los primeros hay que discutir, argumentar y soportar que respondan. Contra los segundos basta con publicar una captura de pantalla. La inteligencia artificial ha venido a resolver problemas que la política municipal ni siquiera sabía que tenía.
La historia resulta todavía más sabrosa porque Novo ya había reflexionado anteriormente sobre la peligrosa afición de otros a propagar falsedades. En 2019 llamó a una diputada rival «ventilador de bulos con inmunidad parlamentaria». Siete años después, el ventilador ha vuelto a ponerse en marcha en Rivas, aunque esta vez no hacía falta inmunidad parlamentaria. Bastaban un teléfono móvil, unas imágenes de procedencia dudosa y el viejo mecanismo de las redes sociales: alguien publica algo, otro pregunta si será verdad, un tercero advierte de que «se está comentando mucho» y, cuando queremos darnos cuenta, media ciudad está buscando detrás de los contenedores a un señor que probablemente nació quince minutos antes en un servidor.
Porque lo preocupante no es que un vecino caiga en un bulo. Nos puede pasar a cualquiera. Lo preocupante es que una responsable política contribuya a amplificarlo antes de comprobarlo. Una portavoz municipal no es una usuaria cualquiera de un grupo de WhatsApp: su palabra tiene una autoridad añadida y precisamente por eso debería existir alguna diferencia entre decir «me ha llegado esto» y convertir lo que te ha llegado en un asunto de seguridad ciudadana.
Conviene, además, separar dos cosas. El payaso era falso; el miedo que pudo provocar, no. Que algunas mujeres sientan temor cuando vuelven solas a casa de madrugada es perfectamente real y no necesita ningún personaje inventado para resultar preocupante. La realidad ya es, de por sí, aterradora. Precisamente por eso merecía algo mejor que convertirse en combustible para una pequeña hoguera política alimentada con imágenes que nadie se había molestado todavía en verificar. La seguridad ciudadana es demasiado importante para convertirla en contenido, y una oposición responsable debería exigir explicaciones cuando existen hechos que explicar, no contribuir primero a fabricar el clima y preguntar después por qué la gente está alarmada.
Al final, la Guardia Civil ha resuelto el gran misterio de septiembre en Rivas. No había ningún payaso recorriendo los parques. No había un perturbado disfrazado esperando detrás de los árboles. No había una amenaza misteriosa acechando a los vecinos. Solo había unas imágenes falsas, unos cuantos mensajes de WhatsApp y una portavoz municipal que decidió salir a pista antes de comprobar si había función.
Y así hemos descubierto algo importante: en Rivas no hace falta que exista el payaso para montar el circo. Basta con que alguien encienda las luces y otro tenga muchas ganas de salir a la pista.



