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OPINIÓN

Rivas Vaciamadrid: Estrés, Atascos y Esperas Eternas .

Panem et circenses

Antes de pasar de «pantalla», la afilada pluma de Bob Bernstein analiza la polémica local que rodeó al Mundial

Hay episodios que merecerían resolverse en una línea y que, sin embargo, se empeñan en crecer hasta convertirse en tratado. El de la pantalla gigante del Mundial es uno de ellos: minúsculo en sus proporciones —un rectángulo de leds junto a un centro comercial— y, sin embargo, de una fecundidad casi bíblica a la hora de generar comunicados, indignaciones y, sobre todo, silencios muy cuidadosamente distribuidos entre los tres grupos que hoy nos ocupan. Ninguno sale indemne, aunque uno de ellos, como veremos, sale bastante peor parado que los otros dos juntos.

Repasemos los hechos, y repasemos con más detenimiento aun lo que los hechos, con extraordinaria disciplina, evitan mencionar.

I. El Gobierno municipal, o el arte de decidir sin haber decidido nada

Cuando Nuevas Generaciones del PP solicitó, durante los cuartos de final, que el Ayuntamiento instalara una pantalla pública, el Gobierno municipal respondió con una negativa que, hay que reconocerlo, sonaba casi a tratado de filosofía política: no se trataba de competir con la hostelería local, que ya disfrutaba de autorización para sus propias pantallas en terraza. Un argumento tan digno que uno esperaba verlo citado en el próximo discurso de investidura. Rivas se convirtió así, título mediante, en la única gran ciudad de la región sin pantalla pública para el Mundial, y el Consistorio lo llevó con la elegancia resignada de quien prefiere la razón moral al aforo completo.

La dignidad, sin embargo, tiene fecha de caducidad, y en este caso coincidió exactamente con la fecha de la final. Y aquí es donde conviene ser más severos de lo que este cronista ha sido hasta ahora, porque el problema no fue cambiar de criterio —los criterios, como los ministerios, están para revisarse— sino hacerlo sin decir una sola palabra sobre por qué. El argumento no fue rebatido, ni sustituido por otro, ni siquiera discutido en público: simplemente dejó de mencionarse, con la naturalidad de quien cambia de tema en una comida familiar cuando alguien pregunta por la herencia. Nadie explicó qué había pasado con la hostelería que, cuarenta y ocho horas antes, corría semejante peligro existencial. Un Gobierno que pide paciencia y disciplina de criterio a la ciudadanía durante semanas debería, como mínimo, la cortesía de explicar en qué momento exacto ese criterio dejó de aplicarse, y por qué. No lo ha hecho. Ha preferido la vía más cómoda de toda gestión municipal: no cambiar de criterio, sino dejar que el criterio se disolviera solo, discretamente, como un azucarillo en el café de la sala de prensa, con la esperanza de que nadie llevara la cuenta.

Y hay algo todavía más incómodo en todo esto, que tiene que ver con la tibieza —esa palabra tan usada y tan poco practicada— frente a las colaboraciones público-privadas. Porque no estamos hablando de un simple cambio de opinión sobre dónde poner un cable: estamos hablando de que el Ayuntamiento, en lugar de asumir con sus propios medios el gran gesto de comunidad que tanto se ha reivindicado, ha preferido resolverlo mediante un convenio con un centro comercial, sin someter esa decisión a ningún debate público sobre lo que significa ceder, ni en qué condiciones, ni con qué contrapartidas para el municipio. Un Gobierno con vocación municipalista debería tener, sobre este tipo de acuerdos, algo más que silencio administrativo y un bando bien redactado. No lo ha tenido. Y cuando uno gobierna con tibieza sus propios principios, no debería sorprenderse de que sea otro quien acabe contando la historia.

II. La factura que nadie ha enseñado

Porque hay una parte de la cuenta que ni el bando municipal ni el comunicado de la oposición han tenido la deferencia de mostrar. Una pantalla gigante capaz de convocar a varios miles de personas no se sostiene sola, por mucho que en el vídeo promocional lo parezca: exige dispositivo de seguridad y control de aforo, con las correspondientes horas extra de la Policía Local; exige limpieza reforzada a la mañana siguiente, cuando la euforia ya se ha ido a dormir y alguien —normalmente alguien con un contrato bastante menos glorioso que el del evento que limpia— tiene que devolver la explanada a su estado natural; exige, en un país que ya sabe de memoria lo que ocurre cuando un título mundial se cruza con una multitud, protocolos de emergencia, accesos regulados, puntos sanitarios. Nada de esto figura en ningún tuit institucional, lo cual resulta comprensible: es difícil convocar entusiasmo popular en torno a un plan de evacuación.

Que esa factura recaiga, además, sobre un convenio con un centro comercial privado añade una capa de ironía que este cronista no se atreve a desperdiciar: el gran gesto de comunidad ripense, el que todos reivindican como propio, no ocurre en una plaza pública sostenida con presupuesto municipal, sino en la explanada de un H2O que, entre gol y gol, también coloca su logotipo y su parking gratuito de dos horas. El municipio pone el operativo; el centro comercial pone el escenario y se lleva, de paso, la clientela. Todo muy comunitario, sí, aunque convenga preguntarse de qué comunidad estamos hablando exactamente, y quién ha firmado en su nombre sin pasar por ningún debate previo.

III. El PP, o la épica de anticiparse a lo inevitable

Llega ahora el turno del Partido Popular, que ha recordado con una insistencia casi devocional haber registrado la petición semanas antes que nadie, como si el mérito de pedir algo equivaliera automáticamente al mérito de haberlo conseguido. La solicitud existió, en efecto, y fue ignorada durante semanas con total serenidad institucional; solo prosperó cuando once ciudades vecinas ya lucían su pantalla y el runrún vecinal empezaba a sonar más alto que cualquier registro de entrada. Presentar ese desenlace como una victoria parlamentaria de resonancias churchillianas dice más sobre la imaginación narrativa del partido que sobre su capacidad real de intervención.

Pero conviene ser justos, aunque solo sea por deformación profesional: esta oposición bonsái, la misma que en otros episodios de esta sección hemos visto medrar a base de mociones que sabía perdidas de antemano, no habría tenido ningún relato que contar si el Gobierno municipal hubiera decidido a tiempo y lo hubiera explicado con la misma claridad con la que exige explicaciones a los demás. Una derecha pequeña, de maceta, que vive de reclamar lo evidente, solo prospera cuando enfrente encuentra una izquierda tímida que tarda en decidir y, cuando por fin decide, lo hace de puntillas, sin épica propia y sin cuentas claras. El PP no ganó la pantalla: la recogió, del suelo, donde la dejó caer un Gobierno que prefirió gestionar el desgaste a defender en público sus propias razones. Que la foto final la firme quien menos ha arriesgado dice más del silencio de unos que del mérito de otros.

Vecinos por Rivas, por su parte, ha demostrado una disciplina encomiable: sumarse a la petición del PP con un comunicado de tono casi calcado, unos días más tarde y con algo menos de brillo, como esos coros que repiten el estribillo del solista confiando en que alguien confunda el aplauso. No hay nada que objetar a la sinceridad de la adhesión; lo que sorprende es la ausencia total de matiz propio, esa renuncia tan cómoda a tener una idea que no haya tenido antes otro.

IV. Del Coliseo al aparcamiento del H2O

Juvenal hablaba de un pueblo que ya solo pedía pan y espectáculos, sin sospechar que veinte siglos después el pan lo pondría la hostelería —protegida, salvo cuando conviene más no hacerlo— y el espectáculo un centro comercial con aire acondicionado. Lo verdaderamente notable del caso no es que Rivas haya cedido al espectáculo, cosa perfectamente comprensible y hasta entrañable, sino que nadie —ni quien lo concedió sin explicarlo, ni quien lo reclamó sin sostenerlo, ni quien lo imitó sin matizarlo— haya tenido a bien decir quién trabaja esa noche, quién limpia a la mañana siguiente y quién asume el riesgo de que unos cuantos miles de personas se agolpen frente a una pantalla prestada. El verdadero pleno de julio, el que no figura en ningún acta, no trató sobre el espacio público: trató sobre quién se llevaba la foto. Y esa foto, conviene decirlo con toda claridad, se la ha llevado quien menos ha tenido que arriesgar, porque el que gobierna y calla deja siempre la puerta abierta a que otro entre y se apunte el tanto.

La selección, mientras tanto, jugó su final ajena por completo a todo esto. Como corresponde a la única parte del proceso que no necesitó pedir permiso a nadie, ni por registro ni por bando ni por convenio comercial, para hacer bien su trabajo.

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