El trastorno por acumulación no es algo nuevo. El individuo que lo sufre es consciente de su afán por acumular, sin tener opinión negativa acerca de sí, aun cuando lo acumulado sobrepase cualquier lógica, orden o posibilidad de movimiento en el entorno vital. Quien más quien menos, conoce algún caso de este tipo de trastorno de oídas o televisado.

Conocida la existencia de este fenómeno del comportamiento, uno se pregunta si la acumulación no pretendida provoca, de alguna forma, efectos con incidencia a la manera de desconcierto, extrañeza y una insoportable pesadumbre que trasciende la sensación de final. Porque hay una acumulación de lo negativo que ya ha trastornado nuestra idea de realidad y hemos normalizado para dejarnos desvanecer, para esfumarnos de nosotros mismos con la perversa idea de sólo ser capaces de reconocernos en el fango y lo castrante.

Es seguro que en todas las épocas los habitantes de ellas han tenido la sensación de estar asistiendo a momentos convulsos y transformadores, sustanciados en muy diversas formas y en cuya cúspide siempre parece hallarse la revolución como el fuego de un detonante macerado en el pasado inmediato. Revoluciones como testimonio de vigilia permanente ante los desdenes y unificador de utopías que, con mayor o menor acierto en sus postulados, mantuvieron la cándida esperanza del avance hacia algo mejor.

La situación actual, la vida actual, parece haberse convertido en un punto de convergencia donde se ha modificado el significado, incluso, de lo negativo como si todo perteneciese a un pasado; como si ya nada nos perteneciese y hubiéramos dejado de pertenecer a algo. No cabe, bajo este panorama, la enumeración de acontecimientos a los que asistimos a veces impasibles como si una anestesia colectiva nos evitara siquiera un ápice de alerta. Y no hay alerta porque la utopía, el objetivo, acaso un atisbo de horizonte, se nos ha desdibujado… nos lo han desdibujado y a quienes intentan recomponer los borrones para dilucidar y restaurar esa dirección  resultan ser objeto de escarnio y abandono, mientras, los verdugos y enturbiadores, son jaleados por sus víctimas.

Una apología de la destrucción y la destrucción como espectáculo parece haberse instalado y, al contrario de lo que en otras épocas ocurría donde cada cual sabía qué lugar ocupaba, la desafección todo lo invade, la queja se lanza contra quien escucha y actúa al tiempo que se aplaude al infame sin asomo de apuro.

La cultura es un reducto, un oasis cada vez más sólo que tiene que adaptar sus estrategias o dejarse llevar por otras nuevas y dudosas para ser escuchada. La cultura es un reducto que observa como su argumento es un lastre, la conciencia un síntoma de realidad trasnochada, la soberbia una virtud, el engreimiento una variable de solidez, el lenguaje se comprime a lo instintivo y la inteligencia del reggaetón  para convencer, mientras, las emociones caducan por agotamiento de un pensamiento que las defina e incluso las piense… pero nos queda la cultura, cada vez más acallada, gritando, gesticulando atónita ante todo cuanto acontece.  Nos queda la cultura, la historia reciente y un rastro de memoria que nos lleva a la manera de sentir que Arturo Barea desde el exilio narró en “La llama” última parte de la trilogía “La forja de un rebelde” donde la emoción se filtra de en el pensamiento, el pensamiento se ahoga en  desolación y la descripción del desasosiego es tan certera que la pérdida se palpa y la incertidumbre parece ser una salida. Hoy, acaso, incluso eso nos han arrebatado como sociedad, tenemos certezas que no albergan incertidumbres sino ansiedad sin sujeto.

Juan Antonio Tinte