Me gusta veros así, haciendo el ridículo, presos de la histeria. Me gusta sentir vuestro miedo, ver vuestras caras de angustia y desconcierto.

Me encanta porque ese miedo, esa angustia, es la misma que sentíamos nosotros cuando vuestros políticos neoliberales cerraban hospitales y centros de salud. Esa incertidumbre es la que sentían los trabajadores de la sanidad cuando salían en marea a denunciar los recortes que estaban sufriendo. Mientras tanto, vosotros, que no véis más allá de lo que digan Marhuenda, Ana Rosa o Bertín, con la mochila llena de odio y sectarismo, arremetíais sin piedad contra ellos, porque es bien sabido que defender lo público es de comunistas y perroflautas.

Y por ahí, vosotros, gente de bien que mea colonia y caga ositos de Tous, no íbais a pasar. Ni vosotros ni vuestra estupidez. Sí, estupidez, porque hay que ser muy imbéciles, pero que muy imbéciles, para aplaudir el desmantelamiento de nuestro sistema público de salud y defender el negocio de la sanidad privada. El capital lucrándose a costa de nuestra salud y vosotros soñando con compartir clínica con la jet set.

Y ahora que en la privada no quieren saber nada, ahora que vuestra enfermedad no es rentable, ahora que no os llega la camisa al cuerpo, ahora que estáis agotando el papel higiénico de la diarrea física y mental que arrastráis, no van a ser vuestro patriotismo, ni vuestras banderas, ni vuestros reyes, ni vuestros filántropos, quienes os salven el culo. Ahora que vuestro sistema naufraga, serán los profesionales del sistema público de salud quienes os mantengan a flote, esos a quienes no hace tanto denostábais.

Tarde o temprano, la tormenta pasará y volveréis a vuestro estado de estupidez habitual. Estoy seguro de que será así, porque para la necedad crónica no existe cura ni tratamiento.
Mi agradecimiento eterno a todos los profesionales, personal médico, administrativo, de limpieza, etcétera, que día a día, con su trabajo y compromiso, ponen en valor la sanidad pública.

Vosotros sois mi patria.

(Anónimo, S. XXI)