Cuestionar el valor acerca de la pertenencia al «bando» cuyos instintos primarios es toda declaración intelectual e institucional, mientras se es instrumento servil y agradecido de quien instiga al ignorante para consumar sus ignominiosos intereses, es cosa que debería revisarse en más de una ocasión sin hacer lectura sólo del relato histórico, sino historiográfico y analítico al conocerse los resultados. Y es que no han sido pocas las veces a lo largo del tiempo en que los más abyectos han bufoneado al pueblo y éste, enaltecido en su ego ante la arenga, se ha engreído de sí mismo salvando los trastos de toda la chusma privilegiada e improductiva que, precisamente, somete y sometió a esa misma plebe a la bajeza despreciando su condición de pueblo.

Año tras año las efemérides históricas nos abruman y cada 2 de Mayo lo hacen con el simplista y casi párvulo acontecimiento, sin más relato, que el alzamiento del pueblo de Madrid frente a las tropas que Napoleón desplegó en la Península ibérica con el argumento de alcanzar Portugal y que dio lugar a la guerra de Independencia.

Puestos en ese terreno, la comodidad podría albergarnos en posiciones cercanas a ese lado donde la celebración nos hace partícipes y herederos de tan cacareada guerra y victoria.  Pero no. No, al recordar que, sin obviar ni querer esconder las barbaridades que las tropas de Napoleón desplegaron en territorio español, ya en plena guerra desde aquel Mayo de 1808, la realidad de las casusas fueron bien distintas a aquellas que nos han contado en una narración pródiga en ausencias y orígenes entrecortados, que maquilla y adereza el hecho de causas nobles e irreprochables.

Desde luego no seremos nosotros quienes justifiquemos política expansionista alguna como la llevada a cabo, en el caso que nos ocupa, por Napoleón;  pero no estaría que más recordar que el corso fue un general leal a la Revolución de 1789, aquella que cambió el orden social para siempre. Un general al lado del derrocamiento del Antiguo Régimen en Francia que, venido arriba se coronó emperador…lástima. Por otro lado, conviene no olvidar qué España teníamos a final del siglo XVIII, con un rey, Carlos IV, en manos de Godoy, padre de un hijo, Fernando VII (posiblemente el peor rey que jamás tuvo España) que no sólo intrigó, sino que propició el motín tras el cual fue capaz de derrocar a su propio padre haciéndolo abdicar en su persona. Una España al socaire de los vientos enfrentada a Inglaterra por cuestiones de colapso marítimo comercial y temerosa de la Francia revolucionaria (no fuera a ser que llegaran sus aires a España y rodaran cabezas)…La urgencia por solucionar el problema frente a Inglaterra hizo a Godoy olvidar las suspicacias y recelos hacia la Francia de Napoleón aliándose en una especie de  ejército único contra la armada británica en Trafalgar. Desastre.

Con la finalidad y el argumento de invadir Portugal (aliado de Inglaterra) Napoleón solicitó dejar entrar sus tropas por España, igual no era esa su intención pero en fin…que aquí se fueron posicionando. Mientras, las intrigas palaciegas se sucedían hasta que estalló el Motín de Aranjuez con diferentes argumentos en sus causas y tras el cual estuvo el príncipe Fernando que logró el trono.  Ya desplegadas perfectamente las tropas del francés en territorio español, en lo que se entendió como una amenaza más que evidente y lo que esto suponía en tanto  que podía sospecharse que  aires liberales llegaban  de la misma mano, se inicia un nuevo episodio, a saber.  Iglesia y nobleza vieron peligrar de manera clara e inminente sus privilegios de siempre; el aroma de  La Revolución Francesa estaba en el código de Napoleón y si algo temían los dos estamentos improductivos eran los méritos frente a la condición por cuna.  Sin tardar, la iglesia -secular aliado de la aristocracia-  puso en marcha su maquinaria y desde las parroquias agitaron los ánimos del pueblo, que nunca faltaba a misa y gustaba de satisfacer a quien le oprime. La palabra desde el altar contra los franceses resultó orden y estímulo para sacar a las gentes de sus casas con la única intención de liberar a la “patria” de la amenaza que, en verdad,  hacía peligrar enormes mercedes y condición  que el Antiguo Régimen aseguraba a nobleza y clero. Así hicieron creer a los infelices que estaban luchando por lo propio, que había que expulsar al extranjero por cuanto el afrancesamiento traería caos, que ilustrarse no llevaría a nada bueno y que la sospecha de enajenar esas regalías atávicas de clérigos y aristócratas por parte de los invasores suponía un ataque frontal a la integridad y espíritu de España y así lo hicieron creer. Privilegios, sólo los  privilegios asegurado de los inmunes  fue lo que el pueblo salió a defender y por lo que se mantuvo henchido de patriotismo…

Sin tardar, el corso sustanció su poder en territorio español haciendo acudir al nuevo rey, al anterior ,“emerito” y a su  mujer a Bayona donde quedó escenificada la vergüenza de la corona española que terminó en la testa de José Bonaparte, hermano de Napoleón y nuevo rey de España.

España en guerra contra el francés que no eludió emplearse con toda la virulencia, mientras Fernando VII era capaz de felicitar a Napoleón por sus victorias contra el pueblo del que pretendía ser rey, tan pérfido y felón fue.

Para la historia queda, en pleno conflicto, la promulgación de las cortes de Cádiz en 1812 con matices liberales, redactada por un núcleo que no simpatizaba  con el antiguo régimen pero tampoco con el invasor, en lo que supuso un juego de equilibrios. Para la historia queda la victoria final en la que mucho tuvo que ver el Duque de Wellington al mando de tropas inglesas con quien volvió a congraciarse España frente a su antiguo aliado y ahora invasor. Para la historia queda la vuelta de Fernando VII, ahora sí, Rey y su vuelta al antiguo régimen en cuyo seno recuperó la mismísima inquisición. Entonces pues, misión cumplida. Viva el 2 de Mayo.

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