Cuando era pequeño, nada me hacía más feliz que salir de casa con dos pesetas o un duro en el bolsillo. Por el camino de la escuela iba pensando en qué gastarme aquellas perras de entresemana que me habían dado o bien mi abuelo o bien mis tíos de forma inesperada y que ya tenían destinado su patíbulo particular: el quiosco de chucherías que dominaba los horizontes de mi colegio. A veces era capaz de esperarme hasta la hora de la salida de clase y entonces era mayor la fiesta del regaliz negro, del regaliz rojo, del sidral y los chicles. Educados como estábamos para ahorrar una parte de nuestras pagas semanales y depositarla en nuestras cartillas para cuando hiciera falta más adelante, estos gastos imprevistos para quienes teníamos tan poco no eran sino la constatación de que de vez en cuando uno tenía algún derecho al derroche. Sin embargo, lo más común era salir a la calle con los bolsillos vacíos y el corazón, no obstante, feliz y contento.

   Hoy me he acordado de aquellas jornadas de infancia y casi de adolescencia, tal vez con cierta nostalgia, sin duda con bastante sorpresa. Hacerse adulto, hacerse mayor, es abandonar un lugar de preferencia en el autobús de la existencia y no observar el horizonte como lo hacen los niños: sin darnos casi cuenta dejamos de mirar por la ventanilla, de sentarnos atrás, de formar grupos ruidosos y tal vez molestos, y nos ubicamos en los asientos delanteros, cerca del conductor, con las manos aferradas a las barras de seguridad y con tanta indiferencia que casi ni morir nos asusta. Uno se acomoda a una realidad que no le gusta pero que, sospecha, es posible que no pueda cambiar por más que lo intente. Y puede que lleve los bolsillos llenos de monedas, pero seguro que no está tan feliz y contento como cuando era un mozuelo.

   Toda esta reflexión anterior no es sino la consecuencia de la observación de hechos reales: las jornadas diarias se van sucediendo, como el ritmo de las mareas o el del fluir de un río, y en apariencia todas son iguales, hasta que llega un momento en que el individuo se detiene, observa la superficie del agua, la toca para comprobar su temperatura y se da cuenta, como diría aquel griego de cuyo nombre no me quiero acordar, de que nunca se mete la pata dos veces en el mismo líquido.

   Y en ese sentido ayer fue para mí como el bautizo en el Jordán. No se trata de que hiciera nada especial, la verdad: salí de casa como todos los días para hacer mis obligaciones diarias, a la vuelta entré en un supermercado para comprar el pan y algo de fruta; más tarde asistí a una cita médica que no era sino una revisión rutinaria y luego me tomé un café con leche en compañía de un amigo de toda la vida, antes de asistir a un recital de canciones vascas cantadas por una soprano estupenda y un pianista genial, para después coger el metro, llegar a casa, leer un rato y dormirme a una hora razonable. Bueno, pues un día más en el paraíso, como diría la famosa canción de Phil Collins.

   Fue cuando no me podía dormir cuando mi cabeza se puso a darle vueltas a todo tipo de cosas: virus asiáticos, ralentización de la economía, muertes de cineastas, posibles reuniones del gobierno con otros fanáticos de todo tipo y condición, pactos imposibles, portazos de salida y brindis al sol, cuando me di cuenta de que llevaba como veinte días sin acercarme al cajero a sacar dinero: incluso me percaté de que llevo en la cartera enteros y verdaderos los mismos veinte euros que extraje hace más de medio mes en esa última visita al banco. No sé en detalle cómo ha sido este proceso gradual por el que en mi día a día he ido sustituyendo el dinero en metálico por el uso indiscriminado de tarjetas de plástico con chip inteligente incorporado, pero he llegado a este punto, cómodo sí, pero también un tanto frío y virtual, por el que ya apenas manejo dinero en efectivo. Nunca el metal ha sido más vil que en la actualidad, cuando ya lo ha sustituido la tarjeta electrónica hasta para comprar un par de regalices sin sidral: mientras en la red de redes te descuentan un euro con veinte sin que apenas lo notes, masticas un regaliz duro que para nada te sabe ya como cuando eras pequeño. Y, para colmo, ya no tienes ni siquiera el aliciente de ahorrar para cuando lo necesites de mayor.

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