Las utopías contemporáneas difieren de aquellas con las que crecimos en que parecen carecer de sentido propio hasta en su acepción. La utopía se sostiene por el mero hecho de ser pronunciada como un episodio pasado y ausente hoy  al sentido que guarda, por cuanto ha dejado de pronunciarse; como si se hubiera hecho caducar cualquier aspiración de futuro.

Una utopía contemporánea, sin nombrarla, tiene que ver con los instintos más básicos irrealizables en el corto plazo; se llega a la confusión creyendo que el capricho es la conformación de un mundo, una sociedad que sólo pertenece a quien establece comparaciones y manipula conceptos hasta convertirlo en pura materia. Y es que la utopía nada tiene de doméstico y sin embargo las más altas son tachadas por cuanto aparentan tener de ridículo por idealista, colectivo y obsoleto. La utopía es cosa que el lenguaje contemporáneo pretende borrar en ese afán de renovarlo todo para ofertar un corto plazo absurdo, delirante e individualista que alcanza su cota de “excelencia” en la manifiesta estupidez de tik tok.

Éste es el panorama. Un presente donde la cultura a duras penas, previa a la vociferación, logra salir adelante dejándose en las alambradas de las plataformas todo un océano de creatividad e intenciones a jirones despedazadas ante la falta de urgencia por acaudalar pensamiento. Porque es en la cultura donde la humanidad se reconoce, donde coteja sus potenciales, donde ve la forma del mundo en sus posibilidades y pensamiento…donde la utopía mantiene su vigencia en una necesidad de permanencia de la memoria que no es barrida, sino recordada. La cultura tiene que ponernos frente a las utopías, no frente a las quimeras. Por el contrario, la divulgación nos pone frente a la obligación de conformarnos con la satisfacción del capricho inmediato en una sociedad distópica cada vez menos imaginaria…la aceptación de trabajos precarios, la disolución de una sociedad amparada por la justicia, la ruptura de los proyectos de vida a largo plazo o la necesidad de cultura como algo ajeno, como quien acude a un gabinete de curiosidades para escrutar lo insólito o desaparecido. Aún así quedan personas que creen en la utopía, que les mueve y hace salir a la calle no a pedir, sino a clamar. A clamar por lo aprendido, por el poso de sus propias vidas y las de generaciones anteriores. A clamar en argumentos donde la cultura ha puesto relato, cuenta historias de pasado y futuro que, escuchadas o presentidas, suponen un aliento, un empuje y el rechazo de la obsolescencia de la palabra utopía.

El grueso de la población cree y considera cultura toda manifestación ocurrida en el espacio accesible y visible en donde no hay discriminación…ganapanes, horteras, conspiranóicos, coreógrafos de lo absurdo, pensadores de la vacuidad se apelotonan en redes sociales para, en el mejor de los casos hacernos reír sin pretenderlo, desplazando toda consideración y ganas de escuchar y ver qué es Cultura. Porque para ello hay que querer, hay que saber esperar… Por suerte entre todo encontramos quienes no se dejan abatir, pocos y pocas, pero haberlos los hay.

La transitoriedad de las experiencias artísticas tiene que ver con los momentos y su vigencia. La gente de la cultura, no juega a hacer cultura. Y cuando decimos gente nos referimos a quien la produce por un lado y quien es depositaria de ella por otro, no como consumidor sino como adquiriente. Ese intercambio es fundamental, el teatro, la música, literatura, pintura, escultura, nos sitúa frente a la posibilidad de pensar, de construir, de modificar a mejor todo  aquello que no consideramos cultura y forma parte de nuestro derredor, de nuestra vida, comportamientos y relaciones. La cultura nos abre la puerta y da la posibilidad de exponernos a nuestra propia sensibilidad e incluso descubrirla sin temor a ser mirados con extrañeza. Es esa sensibilidad determinante la que nos permite cuestionar y disfrutar de lo creado. Es la ventana donde la utopía se adivina lejana pero no imposible.

Urge un lugar por el que se transite. Borrar de la memoria aquella idea del espacio museístico como aspiración burguesa, la acepción ha quedado obsoleta como en su momento lo fue la idea del museo como lugar inmóvil. Urge un lugar de convergencia activo, un lugar en el que la cultura no forme parte del ocio sino de la necesidad, un lugar –llámese mueso o como quieran- que mantenga viva y activa la evolución de la cultura en cualquiera de sus formas. Un lugar donde la estética quedé posada pero no en reposo para ser revisada. Un lugar activo donde sea posible no recibir un pensamiento asignado como apuntó en su momento Emilio Lledó, sino en libertad. Urge un lugar ¿Museo de la Cultura? donde tras salir sea posible pensar en utopías y, al volver a él, se transite por experiencias distintas, aunque haya quien piense que la propuesta pueda resultar una veleidad a expensas del momento en el que nos encontramos. Y no, no lo es. Falta de utopía y Cultura es lo que nos ha llevado a semejante y bochornoso espectáculo. Lo que nos ha llevado a aceptar que cualquier indocumentado o indocumentada dirija una comunidad autónoma y una parte importante de la población sea incapaz de avergonzarse…mientras, el personal sanitario apaleado y sujeto de burlas mezquinas. Más educación, más cultura. Ya está bien la broma.

Juan Antonio Tinte

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