Todos hemos disfrutado alguna vez de este placer no frecuente: el quedarnos una tarde entera en casa. A mí, al menos, el cuerpo y el alma me lo piden casi a gritos,  por el trajín de la vida, la rutina cotidiana… La verdad es que no sé muy bien lo que hago en esas tardes domésticas: una ligera siesta, una no tan ligera merienda, mirar por la ventana a la calle, a  los árboles del parque y a los pisos de los vecinos en un puro ejercicio cotilleo, un rato de tele y otro de lectura o de vistazo a los periódicos y revistas…Más bien pienso que se trata de no hacer nada o casi nada, de estar, de sentir que nuestro hogar nos sostiene y nos arropa.

Y no por ello resulta un tiempo vacío y aburrido. Normalmente todos nos preocupamos de que nuestro hogar sea un espacio agradable y acogedor, silencioso, lleno de objetos cálidos y queridos que nos acompañan y nos recuerdan hechos y personas entrañables, fotos, libros, discos, flores, algunas acuarelas alegres que animan las paredes. Toda la sencilla decoración tiene un tono claro, templado y  reconfortante, una amigable iluminación.  El ruido de la calle y  el de algunos vecinos, sus niños y sus perros, suelen ser los enemigos que más rápidamente destrozan nuestro silencio, nuestra capacidad y  necesidad del mismo. La suave luz del sol al atardecer y la temperatura amable resisten el embate en esta batalla por la armonía y el bienestar, el sosiego y la templanza. Queremos habitar un lugar desde el que aumentar de forma cotidiana y silenciosa nuestra capacidad de esperanza.

No queremos descuidar nuestro hogar como un entorno hosco y desabrido, sino digno y habitable, pero tampoco convertirlo en un agujero individualista y burgués para escapar de las inclemencias de la sociedad y de la vida. Desde nuestro rincón podemos alimentar el sosiego en beneficio nuestro, reactivar la esperanza, aliviar el dolor, atenuar el cansancio, aumentar la creatividad, mejorar el ánimo, clarificar el pensamiento, afinar la sensibilidad en las cosas pequeñas y grandes, convertir nuestro hogar en un taller elemental para la puesta a punto de cuerpo y espíritu, y  ser foco de atención para las demandas e intereses de los demás

.Tampoco está de más empatizar desde nuestra calidez con quienes no tienen casa o viven en un hogar deficiente o inhóspito, en lucha contra el frío y la intemperie, resistiendo frente el vacío y la nada.

 Quizá sean demasiadas cosas, peo la buena voluntad todo lo consigue.

A  última hora salgo a dar una vuelta porque me siento entumecido por la encerrona. La calle está casi vacía, una pareja camina despacio con unos niños que corretean acompañando al cochecito de su hermano. A la luz de la tarde me parece vislumbrar en esa escena la pequeñez y la belleza de la vida.

                                                                                                              Santiago S. Torrado