Es mucho lo que se lee y se escucha sobre los derechos de los niños y son pocos ya los que creen que los pequeños, por el hecho de serlo, están expuestos al trato caprichoso de sus mayores. Por fortuna, es solo una pequeña minoría la que se relaciona con ellos de forma abusiva vulnerando esos derechos.

En 1990 España ratificó la Convención de los Derechos del Niño (CDN) reformando progresivamente su legislación nacional y autonómica y haciéndola entrar en vigor; a partir de la CDN se les consideró personas con plenos derechos, valiosas en sí mismas y en cada una de las etapas de su crecimiento y maduración. Dejaron de ser receptores pasivos del cuidado protector de los adultos para convertirse en sujetos activos cuyas opiniones y puntos de vista deberían ser tomadas en consideración (artículo 12: respeto a la opinión del niño en todos los asuntos que le afecten).

Opino que todo niño tiene más de persona que de niño, porque será niño solo unos años pero persona lo será toda su vida. Esa sencilla razón justifica que no reciba menos consideración que un adulto hacia sus derechos, si bien encuentro un vacío que no queda reflejado en ninguno de los artículos redactados, al menos, de forma explícita. El «derecho a crecer en libertad» los declara libres para pensar y expresar opiniones, y el artículo 31 dice que «El niño tiene derecho al descanso y al esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes». Sin embargo, cada vez que llegan las vacaciones de verano, navidad o puentes, e incluso en fines de semana, es fácil encontrar profesores que atentan contra el artículo 31 de la CDN y contra el malestar de los niños como consecuencia de ello. Los inundan de tareas, trabajos, lecturas y hasta exámenes programados para los días inmediatos al reinicio de las clases, socavando su salud tanto física como mental. El perjuicio para el niño se hace extensivo a su familia puesto que el estrés y el cansancio que sufre se proyectan y contagian a los que conviven en el mismo núcleo familiar. Los chavales se aíslan entre los libros sumando a su propia presión por aprobar la que reciben de los progenitores, en una sociedad de tradición más resultadista que de procesos. El tiempo dedicado a disfrutar en familia se esfuma entre obligaciones infantiles ineludibles y se complican las salidas de día completo, las comidas con los abuelos y los viajes; en todo caso los libros hacen tantos kilómetros como sus dueños y los deberes se convierten en objeto de discusión entre padres e hijos.

El niño que no descansa no juega, y el que no juega no hace deporte, no fortalece amistades y no deja lugar al desarrollo de su creatividad, pero sí a la aparición de hábitos sedentarios y a la obesidad. Como consecuencia de todo ello tiene lugar un escenario de personas (pequeñas, pero personas) hastiadas, conducidas al agotamiento y a la falta de motivación, y más adelante atrapadas en la calle sin salida del absentismo y el abandono escolar (España es el segundo país con la tasa más alta de abandono escolar en la UE). La tendencia mundial en horas dedicadas a deberes es a la baja, aunque algunos profesores españoles naden contracorriente: por algo en España los niños dedican más de diez horas semanales a estudiar mientras que en Finlandia, por ejemplo, dedican menos de tres.

Los niños se quejan, los padres lo sufren subsidiariamente, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) lo confirma, y la OMS alerta sobre ello, pero algunos profesores aún no lo saben: los niños tienen derecho a descansar y los deberes en exceso conllevan fracaso escolar.

A día de hoy no he conocido a ningún empleado cuyo jefe haya pretendido que pase sus días de descanso trabajando para él, pero sí he visto a niños estudiando cuatro exámenes para el día posterior a unas vacaciones.

Los psicólogos intentan corregir el síndrome del niño tirano y la legislación impide el abuso del jefe tirano, pero aún nos falta un sistema educativo solido que evite el fenómeno del profesor tirano.

Raquel Sanchez-Muliterno

Psicóloga