Escribí mi primer artículo para esta revista en mayo del año 2016, cuando mi hijo menor tenía cinco años y sus hermanos tenían siete, nueve, diez y doce. Entonces mis rutinas eran una espiral de resolución de demandas relacionadas con el hambre, la sed, el sueño, la higiene y la salud de los niños, siempre entremezcladas con anécdotas de lo más inesperadas y graciosas. Durante estos 53 meses he disfrutado escribiendo sobre la crianza más como madre que como psicóloga al tiempo que ellos iban alcanzando independencia para resolver sus necesidades fisiológicas. En los 50 artículos que han visto la luz hemos tocado temas tan diversos como los límites y las normas, la obediencia, los tabúes, la autoridad, la autoestima, el respeto, la comunicación, la asertividad, la empatía, las obligaciones, los valores, la mentira y la moralidad deportiva; también hemos hablado de las rabietas, el castigo, la sobreprotección, el duelo, la adolescencia y las técnicas más eficaces para decir “no” y para hacer hijos felices. Sobre todo, eso, siempre eso, porque educar en positivo es utilizar la autoridad de padres para hacer hijos −que no es lo mismo que nacer hijos− conectados con su entorno, comprometidos y consecuentes; niños con la suerte de haber experimentado la libertad vigilada y el diálogo y que en ausencia de los padres pueden sentirse seguros para resolver con éxito cualquier experiencia vital. Conectar emocionalmente con los hijos es imprescindible para hacer futuros adultos felices: entender  por ejemplo que algunas noches no quieran dormir solos porque todos a veces necesitamos abrazar nuestros miedos a alguien, saber mirarles a los ojos y sentir por su piel, sentirnos niños de nuevo; y dejarles marchar gradualmente dándonos cuenta de que cuando crecen sus amarres se van soltando y encuentran en los amigos o en la pareja ese vínculo afectivo que nosotros, en el pasado, les enseñamos a enlazar. Siempre sin confusión: mimar es conveniente pero consentir es contraproducente.

Hemos abordado los conflictos entre hermanos (ningún amigo como un hermano; ningún enemigo como un hermano), la importancia de los amigos, la figura de los abuelos, la experiencia del verano, el uso de las nuevas tecnologías, los deberes y las mascotas:  convivir con mascotas es un atajo para aprender a compartir y a querer, para desarrollar empatía y madurez y para descubrir que, en parte, la felicidad reside en el compromiso. Hasta del beneficio de cocinar juntos hemos hablado porque cocinar en familia es bueno para descubrir la relación causa-efecto (las cosas no se hacen solas), para aumenta el nivel de tolerancia a la frustración (cuando el esfuerzo es elevado y el resultado no satisface), el respeto al plato de cada día, la creatividad, la planificación, la motricidad fina… todo lo que se mancha es poco comparado con la  experiencia sensorial que les aporta cascar un huevo, empanar un filete, sellar la masa de las empanadillas o dar forma a las albóndigas.

Por los órganos sensoriales del niño entran torrentes de estímulos que se graban a fuego en sus sentidos y nuestro legado como padres consiste en ser ejemplo. Sólo es necesario un momento para plantar una semilla, podemos gestar un hijo en nueve meses y escribir un libro en menos de un año, pero para legar un estilo de vida positivo es necesario vivir una vida entera en positivo. Nada es infalible salvo el amor; con todo lo demás no hay más que ir probando.

Gracias, Zarabanda, por esta maravillosa oportunidad. Gracias, lectores, por vuestro tiempo. Disfrutad de las trastadas de vuestros hijos porque cuando dejen de hacerlas os parecerán lo mejor que os ha pasado.

Raquel Sanchez-Muliterno