Si pudiéramos despojar a algunas personas de su coche y su reloj las dejaríamos en nada, porque no tienen más valor que el valor de las cosas que poseen. Por no valer, no valen ni para proclamarse como merecedoras de sí mismas, porque en el errado sentido común que guía sus fueros alma-cuerpo saben que en el fondo, el resultado de la suma de sus virtudes es escaso. Estas personas son toxicas y corrosivas a veces, pero otras veces no, otras veces simplemente están y decoran el ambiente en su papel de figurantes y secundarios dentro de un entorno social. Lo que con seguridad aportan es su inutilidad, ya que las personas que no valen al desnudo, además de no tener valor tampoco tienen validez ni valentía.

El esfuerzo, la determinación, la decisión, la entereza, la legitimidad, la honradez, la franqueza y la sencillez no están incluidas en la versión del hombre que solo se viste por fuera. Porque cuando se dedica tanto tiempo a engalanar la fachada existe el riesgo de desatender lo que encierra; es decir, la envoltura no se corresponde con el aspecto de lo que hay dentro, si pudiéramos verlo claro está.

 La única desventaja que tiene el alma con respecto al cuerpo es que no se ve, solo se intuye. Si no fuera así, las personas dedicarían más tiempo a embellecerse por dentro que por fuera. Y esto es así porque las virtudes son al alma lo que los adornos al cuerpo, y está claro que los segundos son de quitar y poner mientras que los primeros se quedan con uno para siempre una vez que se los pone. Siempre soñé con tener el poder especial de distinguir almas y quizá por ello estudié psicología; después de acabar mis estudios descubrí que mi ilusión no pasaba de quimera aunque aprendí que si bien no sería fácil distinguir entre las almas, sin embargo había algo que sí podía distinguir: en cada persona, su cuerpo de su alma.

Hoy en día ser auténtico está devaluado porque las modas nos empujan al postureo, a lo ilegítimo, lo adulterado, lo fingido y lo efectista. Pretendemos impresionar profundamente, vivimos para los demás más que para nuestra propia persona, somos impostores de nosotros mismos.

Para invertir esa tendencia es necesario enseñar a los niños a desvestirse los adornos y a vestirse el alma. Hay que enseñarles el valor de lo auténtico y lo genuino; la honestidad en el proceder y en el sentir, la superación personal, el respeto hacia sí mismo y el no sometimiento físico ni espiritual, saber elegir como ejemplo a un modelo elevado, la gratitud, la humildad, el perdón, la prudencia, la responsabilidad… los valores no ganan likes, pero nos hacen valer mucho más. Y lo que vale de verdad es que alguien te tienda su mano desde tu puerta, en lugar de extender el brazo hasta su móvil para ponerte un “me gusta” desde una distancia indefinida.

Mañana tendremos adultos íntegros si hoy enseñamos a los niños a renegar de imposturas y a luchar por ser auténticos.

Raquel Sanchez-Muliterno

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