La autoridad es la facultad de hacerse obedecer. El que tiene autoridad es experto en lo que hace, como el autor que sabe la obra que tiene entre manos y no necesita que nadie le muestre el camino para culminar su creación, mientras que sus discípulos observan al maestro y toman nota de sus técnicas; el autor es capaz de crear sin necesidad de imitar y por eso en su campo es autoridad, porque todos le admiran y respetan. Tener autoridad con el hijo es conseguir obrar en él a un adulto de provecho para su sociedad, una persona íntegra regida por valores, coherente en su forma de pensar y actuar; y todo eso sin temor, desde el respeto y la admiración del hijo hacia el padre, a quien observa como lo haría si fuera un discípulo incondicional. Ser un padre autoritario es hacer al hijo, que no es lo mismo que nacer al hijo.

Pero ¿por qué algunos padres pierden su autoridad? Tenemos potestad sobre los hijos por el mero hecho de ser sus padres, y tendemos a pensar que como consecuencia de ello podemos asentar nuestro estilo relacional en el dominio y el poder; eso está bien para inspirar temor, pero no para inspirar respeto; al confundir potestad con autoridad se propaga el miedo y se disipa el respeto.

El hijo reflexiona ante lo que ve y escucha en casa, y después imita lo que le parece coherente y reacciona ante lo que no porque no le sirve de ejemplo.  Es decir, si le pedimos “no grites” a gritos le haremos pensar que estamos hechos un lio y perderemos autoridad, igual que si le reñimos porque pega pegándole un azote. Si le pedimos que nos respete, antes hemos de respetar su integridad (sus gustos, decisiones, opiniones… sin desmerecerlas) y si le pedimos que respete nuestras cosas hay que hacerle ver que las suyas reciben el mismo tratamiento (requisar un juguete, el móvil o las llaves del coche desde el diálogo, previa explicación y negociación de las condiciones para su recuperación, pero nunca “te lo quito porque soy tu padre/madre y yo decido hasta cuando”). El estilo “porque yo lo digo” nos aleja de ellos y les hace desconfiar. El castigo es necesario pero siempre ha de tener fines pedagógicos, y si queremos enseñar respeto (a las normas, horarios, cosas, personas…) debemos hacerlo desde el respeto.  Como yo siempre digo, son niños, pero antes que niños son personas, y no podemos caer en el error de creer que tenemos derecho a someterlos. Seamos un ejemplo para que nuestros hijos crezcan en positivo, utilizando la potestad para educar y no para subordinar. Seamos autoridad en el arte de criar.

Raquel Sanchez-Muliterno