Es difícil que un niño confíe en un adulto, y no por ser figura de autoridad sino precisamente por ser el primero un niño y el segundo un adulto. Los pequeños tienen que experimentar con los límites y rozar lo prohibido para descubrir su potencial, y los mayores representan la antítesis: normas preestablecidas y limites definidos. Si queremos desvanecer esa barrera debemos hacerlo necesariamente valiéndonos de la comunicación espontánea.

Cuando los niños hablan lo hacen sin filtros, diciendo lo que quieren sin pensarlo antes; no utilizan los tópicos porque para ellos todo es nuevo, y por la misma razón no distinguen qué está aceptado socialmente hasta que se lo enseñamos. Por eso la hipocresía no es de naturaleza congénita, sino que la aprendemos según vamos creciendo. Someter esa indómita socialización requiere de un equilibrio sutil por parte del adulto para no coartar el espíritu creativo que hay dentro de cada niño, de manera que cuando ese niño crezca continúe pensando libre y originalmente, aunque se acoja a las normas sociales.

Los niños tienen que poder decir que algo no les gusta, que alguien está feo, que quieren la luna para dormir con ella o que se sienten tristes. Y nunca deberíamos enfadarnos, reírnos o decirles “eso no se dice”, sino guiarles en la sutileza de ser honestos con decoro y en la sensatez de desear con medida. Si algo no les gusta podemos preguntarles de qué modo podría gustarles más; si nos dicen que estamos feos podemos preguntar si creen que hemos dormido poco,  que nos hemos peinado peor, o si otro color de ropa nos sentaría mejor; si piden la luna hay que saltar de la mano con ellos para intentar cogerla y hablar de la aventura que sería conseguirla; si están tristes hay que preguntarles qué les duele, aunque tengan 3 años y nos parezca que la tristeza no cabe en niños tan pequeños… porque sí que cabe. Todo lo que digan o pidan debe ser escuchado y secundado (no concedido) con naturalidad, puesto que nada para ellos es desmedido hasta que alcanzan el pensamiento formal (lógica deductiva con predominio de lo posible sobre lo real, es decir, salir del presente concreto y realizar hipótesis). Cada vez que piden o que expresan nos dan una oportunidad para compartir algo con ellos que para nosotros no tiene importancia, pero que a ellos les hace sentirnos mucho más accesibles.

Dejemos que los niños se expresen, dejemos que hablen, que pidan, que se quejen y que sientan; hagamos un esfuerzo por encontrar una manifestación de sí mismos en cada acto de comunicación y por comprender qué es lo que están queriendo transmitir, cuál es la razón por la que lo hacen y qué propósito persiguen. Al principio nos pedirán la luna: nuestra labor es compartir su ilusión y sembrar su camino evolutivo de pistas que les conduzcan a lo razonable; poco a poco entenderán que más sensato que pedir la luna es pedir dormir una noche bajo las estrellas (o una visita al planetario).

Del mismo modo que piden sin medida, comprendamos que sienten y expresan sin medida, porque al nacer venimos desnudos en todos los sentidos y hace falta experiencia para atinar con la medida justa de abrigo según las estaciones, igual que hace falta experiencia para ajustar nuestro criterio según las situaciones. Lo razonable va de la mano de cada cultura y tradición: seamos pacientes con nuestros niños para que aprendan la medida de su razón.

Raquel Sanchez-Muliterno

Psicóloga