Puede que crecer siendo parte de una familia numerosa no resulte tan cómodo como ser el objeto único de todos los recursos y atenciones de los padres, pero lo cómodo no nos ayuda a avanzar; es necesario salir de la zona de confort para evolucionar.

Cuando tenemos varios hermanos aprendemos a pelear por lo que queremos y a la vez, a querer a los que nos pelean; dice un proverbio indio que “Ningún amigo como un hermano; ningún enemigo como un hermano”. Nada está garantizado en una casa en la que a menudo el nivel de consumo de los usuarios supera al de los recursos disponibles. Por las mañanas, los niños que viven rodeados de hermanos tienen que levantarse “muy despiertos” para ser los primeros en meterse en la ducha, antes de que otro miembro más avispado se apodere de ella; y después surgirá un conflicto ante el espejo por reclamar un resquicio de reflejo en el que maquillarse o peinarse; es posible que en el desayuno ya no queden cereales o galletas, sólo pan para tostadas, aunque a veces la mermelada también se haya gastado. Heredar ropa no es plato de buen gusto pero cuando los hermanos comparten talla, las prendas de vestir y el calzado nunca están en el lugar en el que los guardó su dueño, sino luciendo en el cuerpo y en los pies de alguno que se sintió libre para disponer sin pedir y valiente para experimentar con gustos  ajenos; pasa lo mismo con los huecos disponibles del sofá, el canal de la televisión, el uso de la Play y del ordenador, e incluso con la intimidad, que deja de serlo si hay que compartirla; casi todo se convierte en una reivindicación de uno mismo, de los gustos, las ideas y las particularidades, porque en las familias grandes se tiende a generalizar para descomplicar (permítanme la licencia). Las normas son para todos sin excepciones, al igual que los planes de ocio o que las comidas: a veces el destino, el menú o la película elegida, por poner algunos ejemplos, no son del gusto de todos, pero los miembros de estas familias entienden desde bien pequeños que las rabietas no tienen cabida (entre otras razones porque lo más probable es que les ignoren y no se salgan con la suya). Todos comen de todo y salvo en casos de alergia, confeccionar dos menús no es una opción. Pero todos esos inconvenientes terminan mereciendo la pena porque las relaciones fraternales son beneficiosas para el desarrollo físico y psicológico.  Los miembros de familias numerosas suelen ser niños de buen conformar, ya que saben que las reglas no las ponen ellos y que no siempre pueden ganar; desarrollan la virtud de la paciencia a fuerza de esperar su turno para todo y de compartir la atención que reciben de sus padres; los hermanos mayores aprenden a ayudar y a querer a través de la empatía, y los pequeños sienten que los grandes son un referente para su desarrollo mucho más cercano que los padres, con los que sienten todavía una enorme distancia madurativa. En una casa llena de habitantes, la persuasión y la negociación se convierten en herramientas valiosísimas para la preeminencia diaria, por lo que desarrollan competencias emocionales y sociales. Aprenden a resolver conflictos, a convivir y a compartir desde pequeños. Las grandes familias necesitan mucha rutina y disciplina para simplificar su buena organización, lo que recrea un escenario idóneo para aprender en un entorno seguro a la vez que divertido, pues los juegos y las aventuras surgen de modo espontáneo. El eco de las carreras y las risas que resuenan en los pasillos de una casa llena de hermanos permanece en la memoria de todos ellos para siempre y les sirve de vínculo cuando crecen, porque comparten recuerdos de infancia y sueños de futuro. Con hermanos todo parece más fácil. Como dice el proverbio hindú, “ayuda el bote de tu hermano a cruzar y el tuyo propio llegará a la orilla”.

Raquel Sánchez-Muliterno

Psicóloga