La mayoría de los que tenemos hijos pequeños o adolescentes crecimos con austeridad y unos padres estrictos  generalmente enfocados al trabajo. Hoy, buscamos que nuestros hijos sean felices y para ello queremos darles aquello que a nosotros no nos sobró: abundancia de “cosas” y un estilo afectivo moderno propio de la generación moderna que sentimos ser. Excesiva libertad, pocos límites y falsa tolerancia, ya que confundimos el concepto: tolerar no es que me dejen hacer lo que me dé la gana, sino intentar hace lo correcto y a la vez respetar lo que cada uno hace. A resultas de esto estamos siendo testigos de niños súper regalados que no saben respetar ni a iguales ni a distintos porque se sienten el centro de la creación. Futuros adultos inseguros, frustrados y con tendencia a la depresión cuando sus padres ya no estemos y se les desmonte el tenderete.

A todas horas escucho clichés como “puedes ser lo que quieras” (¿y el aprendizaje de los propios límites?), “eres libre de decir lo que quieras” (¿y la empatía y el respeto hacia los demás?), “nunca dejes que otro decida por ti” (¿porqué no les enseñamos que a veces las decisiones se toman entre dos y no individualmente?, ¿queremos enseñarles a convivir y a comprometerse o a separarse a la primera de cambio?)… frases biensonantes en cuyos emisores anida la falsa creencia de que educan en valores, eso sí, modernos. La realidad es que esas doctrinas no llegan a arañar ni la superficie emocional de los hijos…

Conectar emocionalmente con los hijos es otra cosa. Es fijarse en sus caras cada mañana mirándoles bien a los ojos, como si los viéramos por primera vez, y redescubrir si hay algo en ellos que pueda ser un indicio de preocupación, malestar o tristeza, y preguntarles si hay algo que les inquiete o les aflija, o si les vemos contentos querer compartir con ellos el motivo de su alegría; es preguntarles cada día qué tal les ha ido sin esperar un monosílabo, preocupados de verdad por lo que han experimentado y por cómo se han sentido, por cómo les ha ido la exposición oral, si estaban nerviosos, si creen que podrían haberlo hecho mejor, si a sus compañeros les ha gustado, si han recordado decir lo que en casa siempre olvidaban, si están satisfechos consigo mismos; es acariciarles y abrazarles y decirles cuánto nos importan y ayudarles siempre que lo pidan, y también cuando no lo pidan y así que comprendan que dejarse ayudar es una forma de dejarse querer, y que no por eso se pierde valía personal; es no menospreciar sus preocupaciones y calzarnos sus zapatos, saber que lo que a nosotros nos parece una tontería para ellos es un mundo y que las pequeñas cosas que ahora están experimentando son para ellos un viaje iniciático en el itinerario complejo de su vida; es respetar su malestar y su llanto en cualquier circunstancia que aparezca y preguntarles qué es lo que les produce ese sentimiento e intentar encontrar con ellos el modo de minimizarlo, en lugar de tirarles del brazo y obligarles a avanzar porque llegamos tarde; es enseñarles el mundo tal cual es explicándoles que hay realidades que no nos son gratas, que el mundo está construido con lo bueno y con lo malo, con lo fácil y con lo difícil, y es ayudarles a entender que ahí precisamente radica nuestra búsqueda de la felicidad, aprendiendo a elegir qué es lo que nos conviene para ser mejores personas y aprendiendo a distinguir qué personas han sabido quedarse con lo bueno.  Estar disponible emocionalmente para los hijos es intuir sus envidias y sus celos, llegar hasta ellos a través de la palabra y las caricias para que sientan más que entiendan que nos importan en igual medida que sus rivales afectivos; es comprender que cuando piden algo con mucha insistencia es porque sienten la agonía de un deseo inmediato, es explicarles que recordamos que cuando éramos pequeños nos pasaba lo mismo y cómo con los años uno aprende a ser paciente y a saber esperar las recompensas; es entender que algunas noches no quieran dormir solos porque todos a veces necesitamos abrazar nuestros miedos a alguien. Estar disponibles para los hijos también es dejarles marchar gradualmente, y darnos cuenta de que cuando crecen sus amarres se van soltando y encuentran en los amigos o en la pareja ese vínculo afectivo que nosotros, estando disponibles, les enseñamos a enlazar.

Raquel Sanchez-Muliterno

Psicóloga