Dicen que antes de abandonar esta vida hay que dejar al menos tres legados para las generaciones que nos han de suceder: un árbol plantado, un libro escrito y un hijo. Las tres acciones son rastros de nuestra memoria, constituyen una prueba de que aquel que las hizo algún día existió, y manifiestan parte de su esencia y de cómo fue y vivió.

Pero los legados no solo son materiales. Hay algo que no está hecho de materia y que no se puede tocar pero que también dejamos aquí cuando nos vamos e igualmente describe cuál fue nuestra naturaleza.

Cuando un predecesor se va sigue estando presente en sus hijos de forma caprichosa, apareciendo repentinamente de la mano de un olor, un sabor, una palabra o un lugar. Otras veces sin embargo la aparición no es aleatoria y buceamos en nuestra memoria intentando encontrar el modo en que ellos habrían resuelto alguna situación, y entonces se nos hacen vivos a través de una experiencia, un ejemplo, una reacción… es bonito sentir que aunque los padres no estén queda de ellos algo bueno que nos empuja a querer superarnos para acercarnos a su nivel de calidad ética y moral.

Por eso con los hijos hay que ser ejemplo positivo. Será nuestro legado a ellos, a la sociedad y al mundo, pues su modo de vida tendrá consecuencias no solo para ellos mismos sino también para su entorno. Por los órganos sensoriales del niño entran torrentes de estímulos que se graban a fuego en sus sentidos; ver y escuchar cómo los padres ayudan a quien lo necesita deja una huella profunda,  tan profunda como la que queda cuando la violencia entra en casa para quedarse. Es bueno para ellos sentir en la piel las caricias de la tolerancia y la empatía, del perdón, del “estoy contigo” en momentos difíciles, de la aceptación… escuchar la cadencia de las frases que se dicen sin gritar, para agradar; contagiarse del respeto a todo: a uno mismo y a los otros, a los animales, a las costumbres propias y ajenas, a las normas, al mobiliario urbano, a la limpieza en las calles… pensar desde la gratitud a la vida, a lo que uno tiene y por lo que recibe; aprender a adaptarse, a no revelarse contra las circunstancias pero sí a avanzar a pesar de ellas, convirtiéndolas en oportunidades.

Los padres podemos hacer que los hijos vivan en positivo siendo ejemplo de este estilo de vida. Solo hay que dejarles explorar quiénes son respetando el resultado, sentir con ellos sus pequeñas experiencias de cada día, animarles a ayudar a sus amigos y a perdonarles, acompañarles en sus primeras largas noches de estudio antes de un examen, preguntarles cómo están a menudo, abrazarles tanto como podamos, decirles lo mucho que les queremos y lo felices que nos hacen, ser considerados con las vidas ajenas y exigir a los demás ser considerados con las propias, preservar el entorno (reciclando, haciendo uso de las papeleras, cuidando lo que es de todos), transmitirles que somos afortunados por cada privilegio cotidiano del que disfrutamos (familia, alimento, agua, educación, sanidad..) y superar cada obstáculo con determinación distinguiendo lo que es verdaderamente importante (un objeto roto, una mancha de barro o cualquier trastada similar no son merecedoras de gritos ni disgustos).

Sólo es necesario un momento para plantar una semilla, podemos gestar un hijo en nueve meses y escribir un libro en poco tiempo, pero para legar un estilo de vida positivo es necesario vivir una vida entera en positivo.

Raquel Sanchez-Muliterno y García

Psicóloga