Al comunicar con los hijos debemos prestar atención al tándem qué-cómo, pues lo que hablamos con ellos es tan importante como la forma en que lo hacemos. Podemos errar por exceso o por defecto en la cantidad de información que les damos, si bien el segundo caso es más habitual. Cada vez que decidimos reservarles detalles lo hacemos para salvaguardar su inocencia o como antesala de una inminente sorpresa. Ambos casos son poco aconsejables si acostumbramos a hacerlo con frecuencia, ya que un conocimiento limitado del contexto genera un carácter vacilante e inhibe un desarrollo madurativo adecuado para su edad.

Solemos charlar con nuestros hijos en un entorno cómodo y seguro que nos hace percibirlos como invulnerables, pero debemos ser conscientes de que la información que les demos tendría que serles igualmente útil fuera de su zona de confort, en circunstancias en las que se les presenten desafíos, obstáculos y amenazas; porque no se da el mismo consejo al gladiador de circo que al espectador y nuestros hijos tarde o temprano dejarán de ser espectadores en su vida. Un superávit en conocimientos les brindará más oportunidades que un déficit, por lo que no hay que tener miedo al hablarles sobre enfermedades de seres queridos, sucesos a familiares o noticias de toda índole. Ellos preguntan aquello que su nivel de maduración les permite comprender ya que no pueden cuestionarse más allá de su capacidad de deducción, por lo que estimulando y respondiendo a sus demandas de conocimiento nunca pecaremos por exceso de información.

En ocasiones les ocultamos datos para darles una sorpresa. Ésta puede ser agradable si lo que se oculta es deseable pero también irritante si lo que se busca es  posponer un disgusto, como cuando un niño sale de casa ignorando que sus padres le llevan a un centro de salud para vacunarse o los que sienten su primer día de colegio como un acto de traición y abandono por que sus padres que no le habían dicho a dónde se dirigían. A partir del momento en que los hijos tienen capacidad para hablar y razonar es conveniente que los padres les prevengan de todo aquello que vayan a experimentar. De ese modo aprenderán a confiar en sus progenitores y serán más razonables y valientes.

Las sorpresas agradables, si son muchas, dejan de ser un buen estímulo aislado para convertirse en una fuente de estrés. Cuando ocurren demasiados sucesos inesperados sentimos que no somos capaces de controlar nuestra vida, y eso en el entorno de un niño puede traducirse en la sobre estimulación que producen las visitas sorpresa de amigos, los viajes sorpresa, los regalos sorpresa, las fiestas sorpresa… Con la planificación alcanzamos más talento y eficiencia que con la improvisación, razón por la que es preferible consensuar con ellos la agenda familiar y no abusar de la intención sorpresiva.

En cualquier caso con los hijos lo importante es hablar mucho y de todo, sin tabúes y sin miedos, dibujando con palabras el entorno en que vivimos usando toda la paleta de colores de nuestra experiencia, para que las respuestas que obtengan nunca sean un freno a su curiosidad.

Raquel Sanchez-Muliterno

Psicóloga