Hace unos días hice un bizcocho que quedó un poco seco.

Le pregunté a mi hijo pequeño si estaba rico y asintió, pero yo quería que fuera sincero e insistí:

  • ¿Tan rico como otras veces?
  • No tanto −dijo intentando ser honesto. Y entonces rectificó para agradarme− …estaba normal, pero más bueno que malo.

Sólo las personas asertivas defienden sus opiniones y deseos sin miedo; decir aquello que pensamos incluso a costa del propio interés es un acto de valor porque conlleva el esfuerzo de ser honesto, directo e independiente a pesar de las posibles consecuencias negativas. Es importante inculcar en los niños estos conceptos y animarles a ponerlos en práctica dentro del núcleo familiar para que más adelante puedan hacerlo extensivo a su grupo de amigos y entorno social en general. Este proceso de aprendizaje empieza incluso antes de la adquisición del lenguaje, cuando a través de gestos demuestran que algo no les agrada: es beneficioso permitirles que se expresen honestamente sin burlarnos, quitarles la razón o juzgarles para que sepan que pueden seguir haciéndolo. Este es el comienzo de una buena autoestima basada en la percepción de respeto y en la libertad de ser uno mismo y a partir de ahí serán capaces de pensar de forma crítica y de hacerse responsables de sus ideas y decisiones. A su vez, la libertad para opinar les facilitará la difícil tarea de aprender a decir “no” cuando una demanda o situación lo requiera, lo que les librará de muchas servidumbres y abusos a lo largo de sus vidas. Pero ser asertivo no es una herramienta emocional suficiente: para que haya talento emocional debe existir además empatía, ya que de nada sirve ser capaz de decir honestamente “no me gusta” si a la vez que se dice se hiere a la persona que lo escucha. Entre los estilos pasivo y agresivo de comunicación está el equilibrio de comunicar de manera efectiva, respetando los propios derechos pero también los ajenos, sin herir los sentimientos de los demás. Educar para callar es lo mismo que educar para abusar: nuestros niños han de experimentar que es tan malo conceder sin medida como desaprobar por sistema. Por lo tanto la asertividad siempre debe ir de la mano de la empatía y en el día a día de las rutinas familiares hay multitud de oportunidades para que los hijos pongan en práctica estas habilidades. Aprender a decir “este guiso está rico pero no tanto como otras veces” sin herir al cocinero es un ejemplo que parece fácil pero no lo es tanto cuando se intenta, y la familia y la infancia son el mejor lugar y momento para practicar. Lo mismo que decir “tu corte de pelo es bonito pero el anterior te sentaba mejor”, “sabes que me gusta ayudarte siempre que puedo pero en esta ocasión no puedo hacerte este favor” o simplemente explicar una postura diferente en un debate familiar. Alentemos a nuestros hijos a relacionarse con aserción y respeto, con valentía y solidaridad.

Raquel Sanchez-Muliterno