Este humilde reportaje es especialmente grato para mí y espero que les guste. Y es porque el mes pasado pudimos salvar la vida a un erizo pequeñín que, como pueden ver, es precioso. Los erizos se encuentran entre los animalillos más simpáticos que puedan verse entre los de nuestra fauna autóctona. Y por desgracia cada vez se ven menos, y eso que la gente —los agricultores— los respetan y jamás los dañan (omito por falta de espacio listar los “factores” que están provocando su descenso poblacional y que, de todas maneras, es bien sabido).

Ese día, nuestros compañeros de trabajo Miguel Ángel Ortiz y Paco Parra estaban desbrozando una zona de un huerto cuando el primero de ellos se dio cuenta de que algo se movía entre la hierba y paró inmediatamente la máquina. Vio lo que era, lo rescató, nos llamaron y Elena Rojas y un servidor lo recogimos y custodiamos hasta que terminaron el trabajo. En principio pensamos en dejarlo cerca del punto exacto pero “unos cien metros más allá” para evitar que algún accidente —como por ejemplo que se metiera bajo las ruedas del tractor— lo dañase, pero después nos dio por pensar que a lo mejor tenía crías y provocábamos un desastre con esa elección. Por tanto, esperamos a que terminaran todo y decidimos dejarlo exactamente en el lugar donde lo habían encontrado. De inmediato se refugió en unos matorrales y arbolillos que tenemos plantados junto a la valla del huerto.

Da mucha alegría comprobar que un ser tan pacífico como el erizo (Erinaceus europaeus) todavía puede seguir viviendo en una zona —se trata de un área próxima al río Henares— en la cual es obligatoria la agricultura ecológica y asu vez, que todos los seres vivos se mantienen alejados de toda la “porquería” ésa que suponen los herbicidas y pesticidas que tanto daño están haciendo al medio y al propio ser humano.

José Ignacio López-Colón