Que los niños necesitan buenos hábitos y disciplina es sabiduría popular. Todas las personas dependemos de rutinas y de una vida ordenada para sentirnos mejor día a día.

El educador y psiquiatra norteamericano Rudolf Dreikurs escribió que “las rutinas diarias son para los niños lo que las paredes son para una casa, les da fronteras y dimensión para la vida. Ningún niño se siente cómodo en una situación en la que no sabe qué esperar. La rutina da sensación de seguridad, un sentido de orden del cual nace la libertad”.

Una cosa son las normas y otra las rutinas, si bien ambas son necesarias y van de la mano. Es difícil cumplir las normas si no hay rutinas, como también es difícil establecer rutinas sin unas normas que les hagan de guía. Ya vimos en una ocasión que las normas han de ser concisas y razonables y que ayudan al niño a autorregularse y a saber qué esperamos de él. Las rutinas son actividades que realizamos de forma regular (diferentes de los hábitos, que son rutinas que de tanto repetir nos empujan a hacer las cosas sin pensarlo antes, con automatismos).

Incorporar rutinas en el hogar es beneficioso para el niño porque le permite anticiparse a los acontecimientos creándole un escenario seguro y conocido, lo que reduce sus niveles de incertidumbre y ansiedad. La norma de meterse en la cama aseado va de la mano de la rutina de lavarse los dientes y la cara antes de irse a dormir. La norma de estar dormidos antes de las diez y media termina incorporando la rutina de empezar a acostarse a las diez (ya que antes nos aseamos y leemos, por ejemplo). Los horarios y las actividades predecibles contribuyen a un mejor desarrollo emocional, cognitivo y social del niño. Conocer los entresijos del hogar hace al niño más responsable y solidario con las tareas de la casa (si sabe que a las nueve se cena, podrá ir a poner la mesa a las ocho y media). A su vez los padres viven el día a día con distensión, ya que los hijos ganan en autonomía y no es necesario reclamar su presencia ni su atención constantemente, y además apenas hay que justificar cada cosa que se hace ya que casi todo es “rutinario”. Cuando la norma es comer sin dispositivos ni televisión, el niño incorpora la rutina de dejar el móvil en otro sitio antes de sentarse a la mesa, lo que evita constantes conflictos de autoridad (el niño lleva el móvil a la mesa, los padres piden que lo deje, el niño se queja y no obedece, los padres se enfadan y al final cada comida es un motivo de tensión).  Las rutinas básicas de alimentación, higiene, sueño y  tiempos de ocio y descanso son primordiales, e implementan la capacidad de organización y orden en el cerebro del niño. El hecho de que todos los miembros del hogar respeten estos usos contribuye a una conciencia de núcleo familiar que en el futuro les hará sentirse miembros activos en su entorno social o comunidad. No en vano Según Rudolf Dreikurs “la mala conducta humana surge de un sentimiento de falta de respeto por el grupo social de pertenencia”. Cualquier aspecto mejorable del engranaje familiar es susceptible de mejora en estas fechas ya que el comienzo de un nuevo curso siempre es un buen momento para dejar atrás las licencias del verano e incorporar algunas normas al hogar; normas que han de llegar de la mano de sus rutinas. Como dijo Charles Reade “siembra un acto y cosecharás un hábito. Siembra un hábito y cosecharás un carácter. Siembra un carácter y cosecharás un destino”.

Raquel Sanchez-Muliterno

Psicóloga