El protocolo de actuación para atajar y tratar la pandemia del coronavirus ha sido un camino de medidas y de contradicciones. En ocasiones, las decisiones del Gobierno de España chocaban de frente con las recomendaciones de la OMS. Desde la identificación de los casos hasta el uso de mascarillas. Lo que ayer era imprescindible, hoy es prioritario para salvar vidas. El fin del confinamiento pasa por más pruebas y más mascarillas. El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias, Fernando Simón, anunció el 15 de marzo que el Gobierno iba a dejar de hacer pruebas a personas con síntomas leves por coronavirus. La razón, más que científica, la falta de material para realizar un seguimiento a la población. La OMS sólo tardó unas horas en destrozar el nuevo protocolo marcado por España. Lo resumió en tres palabras: «test, test, test». Decenas de miles de posibles infectados han esperado en sus domicilios una prueba y los sanitarios se quejan de lo mismo. Ahora, el Gobierno de Sánchez trata de localizar a todos los casos posibles con pruebas rápidas y tratar también de identificar con test de anticuerpos a aquellos que hayan pasado la enfermedad. La inmunidad es el mejor aval para cualquier país y la administración parece que va a centrarse ahora en conocer quién ha pasado el coronavirus; de innecesarias a esenciales para volver a salir a la calle.

Las mascarillas han sido el gran dilema de esta pandemia. Hasta hace unos días, sólo se recomendaba su uso a los positivos por coronavirus y a quien tuviera tos y fiebre. El protocolo ha cambiado y en el horizonte se vislumbra la necesidad de llevar mascarillas y guantes fuera de casa que, por cierto, aún no están disponibles en las farmacias; y es que esta pandemia nos ha pillado a todos (al mundo entero) desprevenidos y sin capacidad de reaccionar en la dirección correcta. Improvisar consiste en hacer algo de pronto, sin haberse preparado previamente o sin que el entorno lo espere. Los gobiernos, desbordados por los viejos problemas de siempre y cada vez más por los nuevos, recurren a improvisar como recurso con el que afrontar situaciones imprevistas, crisis sobrevenidas, catástrofes insólitas o simplemente aquello que no tiene un protocolo de actuación preestablecido.

La improvisación se ha convertido en el último hallazgo y sucedáneo de la acción gubernativa. Muchas de las decisiones sin precedentes, están pendientes de madurar por un Gobierno que parece que está a la espera de destino. Como ya hizo en la investidura, ha vuelto a serpentear en el proceso de toma de decisiones, cambiando de opinión con ímpetu. La anunciada desescalada, no exenta de críticas, porque puedes sentarte en una terraza y no puedes ir a ver a tu madre, pero tu madre sí puede ir a la terraza, son pequeñas anécdotas que hay que limar. El Gobierno rectifica dos veces en 5 horas su medida sobre los niños para salvar in extremis su decreto de alarma. Una semana antes, lanza el “globo sonda” para saber qué dice la opinión pública y después tomar las decisiones de acuerdo a la mayoría de la gente; por eso siempre vamos a remolque dilatando las decisiones porque no saben por dónde tirar. ¿Para qué sirven tantos asesores del Ejecutivo?  El Sr. Sánchez ha aumentado su número, que ha pasado de 177 a 242, un 36% más. Por cierto, habría que preguntarse para qué sirven tantos diputados (350), junto con otros tantos senadores, porque estos días se ha visto que sólo unos cuantos en el Congreso, son suficientes para apretar un botón; sólo hay que seguir las instrucciones de los líderes. Existen demasiados sueldos a cargo del Estado cuya eficacia es muy discutible, y debería tratarse este tema en profundidad a raíz de la situación económica que se avecina que va a ser peliaguda.

Es cierto que esto les ha pasado a todos los gobiernos (unos más que a otros), pero lo que sí hemos aprendido (al menos deberíamos haberlo hecho) es que hay actividades donde no se puede ni se debe recortar: Sanidad, educación, dependencia, residencias de mayores, (debería haber más públicas), y también incrementar los presupuestos de I+D+I (Investigación, desarrollo e innovación) a la vez que afrontar una reindustrialización en España.  La crisis del Covid-19 nos está obligando a replantear muchas cosas. Vemos, de golpe, que carecemos de industria, pues cuando ha sido necesario recurrir a las empresas nacionales para abastecernos de determinados productos, en un escenario de cierre global de fronteras, comprobamos con estupor que no tenemos suficiente tejido empresarial para suministrar al país materiales básicos como respiradores, guantes, geles y mascarillas. De manera que ha habido que salir al exterior para comprar lo que aquí no producimos, teniendo que soportar sobreprecios abusivos y engaños en cuanto al material que nos servían, la mayor parte de las veces caro y de escasa calidad. No podemos ser un país solo de servicios, desatendiendo por completo a nuestro tejido industrial, que se ha ido diluyendo con los años, crisis tras crisis, hasta quedarnos en el esqueleto.

Reindustrializar España sí es posible, aún a pesar de tener las manos atadas por la Comunidad Europea. La pena es que no parece que este Gobierno esté por la labor. Al menos hoy por hoy. Rectificar sí, pero con miras al futuro.

Miguel F. Canser

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