Nada más absurdo que la repetición de clichés lingüísticos; nos hacen parecer tontos por muy bien que los defendamos. Y por otra parte, nunca han existido más clichés en las conversaciones diarias que ahora, lo que no quiere decir indefectiblemente que también ahora haya muchos más tontos que nunca (o al menos yo no voy a defender esa tesis, no sea que usted se ofenda y no le falte razón). La ciudadanía repite frases con una alegría que se podría considerar beatífica: que si los políticos son todos iguales, que si se avecina otra crisis económica, que si nunca se ha vivido tan bien como ahora, que si los catalanes quieren romper España y no vamos a consentirlo, etc., etc.; muchas de estas frases y otras peores que no me atrevo a reproducir, llamando cabrones a unos y cara pollas a otros, son mantras que se lanzan desde todo tipo de plataformas, en la creencia ¿falsa? de que una mentira, mil veces repetida, se convierte en verdad.

   Trate usted de argumentar otra cosa, aunque solo sea por el mero afán de llevar la contraria (uno de esos deportes que se aprenden en la adolescencia pero que luego con la madurez abandonamos, tal vez de manera irresponsable) y se llevará unas sorpresas de agárrate que hay curvas. Lo primero que le llamará la atención es que su antagonista accidental se sentirá herido en lo más profundo, socavando como está sus creencias más lúcidas, máxime si usted lo plantea con un tono asertivo, que sin duda entenderá como un intento por su parte de quedar por encima y dejarle por bobo irredento; lo segundo será su reacción: cuando usted podría esperar un discurso mínimamente organizado, sin demasiada retórica bien es cierto, se encontrará con un par de gritos furibundos, una apelación a los santos cojones de no quiero decir quién y al manto sagrado de la virgen María, todo ello finiquitado con un contundente y altamente español “¡coño!”.

   Lo cierto es que poco a poco la superficialidad va calando hondo en nuestros huesos de transeúntes del siglo XXI. Fuera de los círculos universitarios e intelectuales, los personajes pensantes de las películas de Woody Allen o las tesis filosóficas de Ingmar Bergman, por ejemplo, son percibidas como las entelequias de unos individuos psicóticos, cuando no alunados, a los que es mejor ignorar. El cine, como reflejo de la vida, se ha convertido en una sucesión de historias de súper héroes que, desde su diversidad funcional de mutantes, luchan por los valores tradicionales de los blancos, protestantes y anglosajones, los inevitables buenos contra los siempre amenazantes malos, o en una infinitud de comedias descerebradas para que la peña se ría de unos semejantes que muy bien se diría que son ellos mismos, con sus problemas de dinero, autoestima y sexo fracasado. Eso sí, superficiales pero dignos, muy dignos.

   En este 2019 que ahora va camino de terminar y de marcharse aliviado de lo que aquí nos deja, quiero recapacitar brevemente en algunos de esos mantras que se han puesto de moda o se han consolidado contra nuestra cordura. Como señor de cierta edad y de cierta experiencia, no puedo soportar que en muchos restaurantes, cafeterías e incluso bancos, se me invite a sentarme con una expresión especialmente odiosa: “bienvenido, chico”, o “chicos” si somos varios. Y lo peor viene después, cuando te sirven y te hacen el favor de desearte lo máximo para ellos, incluso cuando te traen una de esas hamburguesas que uno no le daría ni al gato, diciéndote “que la disfrute”.

   Porque es evidente para mí y para esos camareros imberbes que no soy ningún chico, y aún más evidente que yo, que podría, si se diera el caso, disfrutar de una comida en Lardhy o de un Möet and Chandon en una suite del Hotel Palace, no voy a disfrutar precisamente con una hamburguesa de McDonalds, un sándwich club en Vips o unas palomitas llenas de grasa de un cine de barrio, que si pido eso es por puro utilitarismo, sin convicción ni apasionamiento, pero que echo de menos en todo el glamour de antaño, actrices como Amparo Rivelles o Katherine Hepburn, y aún echo mucho más de más este aroma de banalidad que inspira en la actualidad los menús del día y la ropa de usar y tirar. Que, afortunadamente, ni somos ya tan chicos, ni estamos aquí de paso para consumir irreflexivamente la mierda que nos quieren vender como modernidad.

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