Opinión de Miguel F. Canser

Cuando escribo, llevamos casi tres semanas confinados y ya es­peculamos sobre cómo nos cambiará la existencia la crisis sanitaria que vivimos hoy. De momento, de las pocas veces que salgo para ir a comprar comida, me sorprende el aspecto de algunas personas protegidas con mascarilla y guantes; parecen figurantes de una película, mantenemos las distancias, rehuimos cualquier tipo de saludo afectivo, y admito –me perdonarán– que algunos detalles de esta puesta en escena me producen más impacto que el coronavirus propiamente dicho. Pero veo las terribles noticias de muertes diarias, donde los militares trasladan los cadáveres y que el cementerio y el crematorio local están a tope, y no sé qué decir. Y ya no puedo bromear, ni puedo pensar en cómo cambiará nuestra vida después de la pandemia, porque el presente es demasiado intenso. El ahora y aquí, reclama toda la atención.

         Lo que está pasando en España, en Madrid, y otras ciudades hace pensar en las crónicas y pinturas que recogen las tragedias de antaño, en la época medieval, (peste, sífilis, viruela, etc.) y la gripe que sufrieron y que aún hoy padecemos. Y aunque hemos progresado y, a pesar de las dificultades enormes que vivimos, podemos pensar que estas catástrofes, estas pandemias eran cosa del pasado, que ahora no existían, pero la realidad nos dice que no, que somos tan vulnerables como entonces aunque hayamos progresado mucho; porque en este mundo, sólo le hemos dado importancia a la economía, a la rentabilidad, al dinero.

         ¿Cambiaremos sustancialmente una vez hayamos superado esta prueba? ¿Seremos muy diferentes de cómo somos ahora? No tengo ni idea. ¿Qué será de nosotros cuando hayamos atravesado la tormenta? No hagamos teorías antes de tiempo. Pero algo sí me atrevo a afirmar: estoy seguro, que la gran mayoría, una vez pase el coronavirus, seremos más pobres. Los economistas avisan del impacto impredecible de la crisis del coronavirus y aunque el impacto económico es difícil de medir todavía, honestamente hay que ser pesimista, porque me temo que, en profundidad y verticalidad, esta crisis puede ser superior a la sufrida en 2008. Los ERTES se multiplican, y ya hay más de 2MM de personas en casa sin trabajar. Con buen criterio, sindicatos y empresarios han pedido al Gobierno facilitar la tramitación de los expedientes de regulación temporal de empleo, pero hay pocas razones para pensar que en una economía con tanto peso del sector servicios, la medida pueda ser realmente eficaz, aunque sea necesaria. Hay que replantearse nuestro sistema económico. Fabricar más para depender menos de afuera.

         Las empresas y los comercios no venden porque ni llegan turistas (83MM el año pasado), ni la gente compra porque apenas sale a la calle; lo que significa que sólo con estímulos se pueda hacer frente a una situación que conocen bien los economistas, y que pasa por los dos instrumentos clásicos: aumentar el gasto público y, en paralelo, rebajar los impuestos para los sectores más vulnerables. Apostar por la creación de material sanitario directamente aquí, en lugar de depender únicamente del comercio con China (como no tienen competencia, marcan las pautas), es un buen primer paso de cara al futuro. Esperemos que de aquí salga un buen protocolo de actuación a nivel europeo por parte de la UE, porque hasta el momento todo ha sido un «sálvese quien pueda» entre todos los países afectados. Es increíble cómo este virus ha sacado a la palestra la tremenda debilidad de nuestras sociedades ante un patógeno con capacidades globales, ha dado un vuelco socioeconómico y ha permitido a muchos conocer como actúa la UE ante situaciones de riesgo y lo mucho que falta por mejorar.

         Más tarde o más temprano, el virus se controlará, pero no todo será como era. Seremos mucho más cuidadosos con los saludos, con repartir besos, dar un abrazo o compartir vaso. Hay que repensar el mundo que viene y reconsiderar las prioridades de su agenda, tenemos y debemos de cambiar. En un mundo hoy lleno de temerosos e ineficaces políticos, queda en claro que la prioridad no es el pago de la deuda externa, sino los problemas de salud pública. Sea cual sea el origen y el fin de la pandemia que nos ha puesto de rodillas, y que amenaza nuestra existencia, lo que es evidente es que el mundo, después de esta catástrofe, no seguirá siendo el mismo. Hemos visto y vivido demasiadas cosas: la muerte rondándonos, el miedo dentro de nuestras venas, las calles sin vida, la ineptitud de nuestros líderes, el desamparo de la Humanidad, la inmensa fragilidad de nuestra existencia y la estupidez supina que se esconde tras la soberbia, la arrogancia, el dinero y el poder.

Miguel F. Canser

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