En este singular momento aparecen con fuerza propia esos oficios que resultan imprescindibles para sobrevivir a los estragos de la coyuntura y que desde sí mismos confirman la importancia en su función protectora y    cohesionadora del cuerpo social. Su ejemplo más sonoro ha sido el del personal sanitario y de cuidados, al que poco a poco y de forma proporcional, se ha ido sumando el reconocimiento a conductores, cajeras de supermercados, bomberos, personal de limpieza y agricultores.

El protagonismo de estas gentes comunes, ejercido desde la aplicada realización de su trabajo y sin ánimo de cosechar loas, contrasta abismalmente con la aparición de esas otras personalidades solemnes, voceras de la institucionalidad y oficiantes de cargos de alta responsabilidad  ya que, no pocas veces, ponen en evidencia la inutilidad de sus mensajes y la vacuidad de sus palabras.

Campeón de ello ha sido el rey con su desabrida alocución el pasado 18 de marzo. Todo un desperdicio comunicativo, teniendo en cuenta que según las mediciones fue seguido por más de 14 millones de personas, solo por la tele. Millones de hogares atentos a un mensaje que estuviese en sintonía con la complejidad de esta insólita situación, y que por lo menos mostrase algún gesto de humanidad empática con la angustiosa incertidumbre existencial que ha invadido la cotidiana vida de todas y todos.  Un país pendiente de un mensaje que solo trajo insípida perorata.

Es frustrante que la persona que ostenta la Jefatura del Estado y en un momento de dificultad tan inédita para el pueblo español y para todos quienes habitan este territorio, solo atine a dirigir un conjunto de frases  inicuas, sin fondo vital ni trascendente, sin nombrar con nitidez la magnitud del desafío para el Estado y sin asomarse a la interpretación que esta situación parece exigir, en tanto una revisión profunda y autocrítica de nuestras acciones como especie humana.

El rey expuso su preocupación por las personas contagiadas, su condolencia a las familias dolientes y su adhesión al aplauso general para quienes enfrentan con verdadero sacrificio la contención de la pandemia. El rey fue correcto y leyó con aplomo institucional su discurso, aderezándolo con eslóganes paterno/corporativos como que “…ahora debemos dejar de lado nuestras diferencias” […] tenemos que resistir, aguantar y adaptar nuestros modos de vida y comportamientos a las indicaciones de las autoridades”.

Su intervención vagó por la superficialidad, sin planteamiento arriesgado que dibujara fondo o sustancia, y buscando o esperando ascender a un clímax de oratoria afirmó que “… esta es una crisis temporal, un paréntesis en nuestras vidas. Volveremos a la normalidad. Sin duda. Y  recuperaremos la normalidad de nuestra convivencia […] la economía, los puestos de trabajo […].

Concluimos por ello que don Felipe considera como buena la normalidad en que se ha dado la convivencia social antes de esta emergencia y que no duda que este mal rato se superará para regresar a ella y al modelo de gestión política que ha sido incapaz de  resolver las urgentes reformas que, de tiempo atrás, demanda esta sociedad atravesada por la desigualdad, la exclusión y la desprotección de amplias franjas de la población.

¿Qué tipo de normalidad evoca el rey? Acaso ¿no está enterado? Alguien debería mencionarle de que hace poco el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas hizo llegar 275 recomendaciones a España para que cumpla con su obligación de garantizar los derechos fundamentales, económicos y sociales en su territorio. Alguien debería facilitarle al señor Borbón una copia del VIII Informe 2019 sobre Exclusión y Desarrollo Social en España realizado por Foessa/Cáritas, ó del Informe Desigualdad 1, Igualdad de Oportunidades 0 de Oxfam Intermón.

Con estas fuentes sería  suficiente para que el Jefe de Estado se percatara de que es un craso error  añorar ese estado de normalización de la injusticia y la inequidad que ha  caracterizado al establismenth. No es deseable volver a la normalidad de una tasa incontrolada de crecimiento en el número de hogares sin ningún tipo de ingreso (615 mil en 2017), ó al vergonzante panorama distributivo del mismo año en que el 1% más rico  acaparó el 24,42%  de la riqueza creada, mientras que el 50% más pobre solo pudo repartirse el 7%.

Es poco motivador aconsejar  sobrevivir al coronavirus para regresar a la normalidad que profundiza la brecha salarial entre hombres y mujeres, o a los insultos abiertos hacia quienes rasgan la tierra para encontrar algún resto  de sus parientes asesinados durante la guerra y la dictadura. No interesa volver a la precariedad laboral, ni a la grosera corrupción de los partidos y de la propia Casa Real, ni a la ambigüedad calculada en la política de abandono a los refugiados y migrantes, ni a las cifras torturantes de mujeres asesinadas solo por serlo, ni a las recurrentes arremetidas del capital privado fagocitando a las viviendas de protección y a la red instalada de la  sanidad pública.

No es alentador querer ver la luz al final de este extraño túnel, si esa luz es la misma que alumbró el crítico escenario social del que venimos. Y mejor que lo entiendan de una vez aquellas voces nostálgicas, defensoras de privilegios de clase y usufructos. A ese estado de normalización de lo insensato, de lo arbitrario y de lo indolente no queremos volver.

Ya sabes normalidad, no nos esperes.

Roland Higuita Marín.