Uno de los elementos definitivos en la manipulación de masas ha sido, históricamente, la perversión en el uso del lenguaje. El mismo término que define la masa también ha sido ubicado de manera conveniente enturbiando el enfoque. Esto es, quién se considera masa   –una minoría acaso inapreciable- y quién decide qué es la masa –una minoría acaso más reducida aún-.

En este segundo grupo se albergan los elementos y sujetos que manipulan hacia un lugar u otro al grueso de la población, generando estímulos que son adoptados como propios sin precisión de cuestionamiento en virtud de esa perversión del lenguaje.

De tal forma, no es poco el porcentaje de población que se deja seducir y tentar, apuntándose a los diferentes proyectos que derivan de tales enfoques semánticos. En esto andamos cuando desde hace ya algún tiempo los “avanzados” de las nuevas tendencias intentan abrumar al personal con la llamada Innovación Educativa. La cuestión no es menor, pues la propuesta, bajo la señalada denominación, parece frenar cualquier conato de cuestionamiento. Claro que, puesto el cebo, las propuestas se multiplican ofertando un sinfín de formación al profesorado que asiste perplejo ante el rosario de tópicos y miradas al ombligo que imparten desde profesores hasta algún que otro coach, como método pedagógico incuestionable, impregnando todo con el aroma de una falsa brisa de felicidad. Para eso está el modelo coach.

La perversión en el uso de términos tan usada de forma atávica, tanto por el capital como por los más recalcitrantes conservadores, trufa sus propósitos con terminologías arrebatadas a sectores progresistas tales como, revolución educativa, trabajo cooperativo, innovación, roles de grupo….Todo bien polarizado: “o nosotros o la vieja escuela”. Esta fragmentación en dos partes propicia un análisis muy en la superficie que cala rápido y determina las posiciones.

Pero lo cierto de todo esto resulta ser que los gurús de tamaño despropósito son alentados y respaldados por grandes corporaciones que van de los sectores tecnológicos a grandes grupos de comunicación –como todos sabemos tan comprometidos por la educación y sus modelos-.

Igual sería conveniente pararse a pensar qué extraño objetivo esconde este empeño en implantar determinados modelos educativos, sin antes sentar las bases de una sociedad crítica en materia de educación. La “revolución educativa” impuesta desde arriba, perfila un individuo relegado al gregarismo, que no a la cooperación, de un grupo que reparte culpas y éxitos; donde no se atiende a la diversidad y ya, desde la más tierna infancia, los niños y niñas son responsables del trabajo u holganza del compañero. Buen caladero para el sistema financiero y empresarial que nos espera.

Juan Antonio Tinte

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