Somos, en la medida del reconocimiento que los demás tienen de nosotros. Aunque con identidad y personalidad propia, no somos individualidades aisladas del resto de las personas.

Mientras que en otro tiempo hubo personas que trazaron viales, crearon infraestructuras, establecieron normas, etc., hoy en día la inmensa mayoría de la gente se limita a repetir lo establecido. Y eso es fundamental para el equilibrio personal y para el funcionamiento de la sociedad: seguimos los senderos ya trazados, las normas de conducta establecidas, sabemos por dónde conducir,  a la clínica donde ir si enfermamos, acudimos rutinariamente a nuestro puesto de trabajo para hacer siempre las mismas cosas, conocemos dónde comprar los alimentos,…, y hasta qué opinar siguiendo las directrices que nos marca la televisión y los generadores de opinión aparentemente bien intencionados.

Todo esto es lo que configura el pensamiento y la identidad común de la masa social. Los individuos toman decisiones, normalmente de carácter personal, de ámbito familiar o comunitario a pequeña escala, pero no tienen ninguna capacidad para intervenir en las grandes decisiones, salvo votar una vez cada cuatro años (o cuando se lo mandan, algunas veces por ineficacia de los políticos).

Pero los individuos necesitamos sentirnos parte de algo. De igual forma que nos sentimos seguros en el núcleo familiar, nos identificamos con nuestro barrio o nuestra ciudad. Muchos defienden su equipo de futbol como si la vida les fuera en ello. Otros se enorgullecen de formar parte de un colectivo ideológico o de compromiso al exterior: somos de la Asociación Laica o de Guanaminos, de XXI Solidario,…, de Podemos, de IU, del PP, del PSOE, etc. Colectivos más amplios que nos conectan con otras personas que no tienen por qué ser geográficamente cercanas, que ni siquiera conocemos, pero hay lazos identitarios que nos unen a ellas.

De los pensamientos que más vinculan a las personas son las religiones (en algunos casos se denominan ‘hermanos’). En estos casos no solo se trata de vínculos en las coincidencias de pensamiento, sino en las creencias en seres superiores (indiscutibles porque físicamente no existen), que nos marcan las normas de conducta (ellos o sus representantes) como dogmas inamovibles. Y además, también nos adelantan lo que ocurrirá después de la muerte, estado y espacio desconocido por todos.

De igual manera que hay corrientes de pensamiento, ideologías políticas que se oponen unas a otras, en el ámbito de lo religioso también se da la contestación de los otros, aquellos que piensan que la existencia de seres superiores intangibles, es una falacia sin fundamento de la que se aprovechan unos pocos.

Y hay otros que no entran a valorar si existen o no dioses, profetas y otros mundos al margen o después de éste. Son los que se sitúan en el pensamiento laicista, cuyos principales axiomas son la libertad de pensamiento, de conciencia y de creencias por tanto. Entre estos me sitúo, y reconozco que la fundamentación de este planteamiento es harto difícil en una sociedad como la nuestra, donde todo está definido y decidido, todo regulado y legislado, nadie se tiene que molestar en cuestionar nada ya que lo más cómodo es seguir la norma establecida.

Los laicistas no admiten las normas éticas y mucho menos las estéticas que imponen las religiones, pero a su vez respetan a aquellos que sí lo hacen,

Los laicistas no admiten las normas éticas y mucho menos las estéticas que pretenden imponer las religiones, pero a su vez respetan a aquellos que sí admiten y practican dichas normas’, siempre que sea en un ámbito privado propio para fieles y adeptos. Por tanto, el laicismo aboga por la separación total entre iglesia y estado y en consecuencia, la no injerencia de las religiones en ninguno de los ámbitos e instituciones públicas (hospitales, escuelas, universidades, ejército,…), así como la no participación de los cargos públicos en celebraciones y/o manifestaciones religiosas de cualquier tipo, en tanto que representantes públicos.

Los incluidos en el pensamiento laicista (aunque no sea exclusivo de estos) tienen que elaborar su propio código ético y de valores (acorde con la sociedad de la que forman parte), analizan los acontecimientos para formarse opinión y se referencian a valores universales (DDHH, Derechos del menor, etc.). Y, sobre todo, practicar la honestidad, la sensatez, el respeto, la solidaridad, etc. El laicista construye su conciencia permanentemente, a lo largo de toda su vida, gracias a la práctica de su ‘pensamiento crítico’, que pone en cuestión cualquier opinión o creencia.

Evidentemente es mucho más sencillo acogerse a unos criterios y normas establecidas por una determinada religión, por un partido político,…, o por el líder del colectivo al que se pertenezca y no cuestionarse nada más. Hoy ese liderazgo en el gran colectivo al que pertenecemos, es la televisión, los medios de comunicación, los opinadores y los líderes políticos y religiosos.

Pero aún lo peor, es que esas directrices vertidas por los referentes sociales, se repiten y defienden como dogmas de fe absolutamente incuestionables. El diálogo, el racionamiento, la escucha, la capacidad de aprendizaje, la aptitud de rectificar y por supuesto la humildad, están excluidas del comportamiento habitual.

Mi religión, mi partido político, mis líderes, mi patria, mi equipo de futbol,…, me dan sentido de ser y marcan cómo comportarme, lo que debo opinar, etc.

Así nos va…

JuanM del Castillo