No es ninguna sorpresa, ya lo venimos viendo durante años. Ellos son la continuación de la época más gris de este país, el franquismo. Y, aunque traten de disimularlo, hay momentos en los que no pueden evitarlo y, levitando, se manifiesta como son.

Y ahí los tienen, tan campechanos, tan del pueblo, tan carpetovetónicos, tan dinosaurios. Demostrando lo que son. Eso sí, creyéndose en posesión de todo el poder, con una voluntad de hacer lo que les venga en gana, a pesar de las leyes y de la Constitución, esa que tanto mientan y que tanto adoran cuando les conviene. Sí, con esa capa de impunidad que les viene con el cargo. Ministros impunes, por encima de la ley.

Los cuatro ministros chupacirios han demostrado en esta Semana Santa, como lo han venido haciendo en las anteriores, ese respeto por la Constitución, ese ejemplo de demócratas. Y lo han hecho, al cantar juntos y en unión de La Legión, en una procesión, el himno de ésta. Ya saben, ese que empieza con: “Soy el novio de la muerte”.

Y ahí estaban en Málaga, en primera fila, representantes de un Estado que en su Constitución se proclama aconfesional y, sin embargo como una actividad de su agenda ministerial, viendo que un cuerpo militar como La Legión participaba en un acto religioso. Y no sólo se han conformado con permitir ese ‘maravilloso momento’, es que además no han podido resistir la emoción y han cantado junto a sus amados legionarios su himno. Maravillosa escena digna de Berlanga, los ministros de Interior, Defensa, Justicia y Educación unidos bajo una bandera (por cierto, a media asta, por orden de la ministra finiquito). Un acto Educativo en Defensa de una Justicia Interior.

No se cortan un pelo, tienen bula, que para eso es Semana Santa, y la emplean en recordarnos que son impunes y que les importa un carajo lo que diga la Constitución. Por encima del bien y del mal está su nacional-catolicismo heredado, hoy más que nunca, con una bandera que hace juego con nuestra democracia, “a media asta”.

Su obligación, como bien han confirmado y siguen confirmando, nada tiene que ver con defender a su pueblo, sino a los grandes poderes, al Ejército y la Iglesia (por cierto una institución que recibe del Estado, según Europa Laica, 11.000 millones, entre subvenciones, exenciones, ayudas, impuestos no pagados y facilidades varias), unidos por la gracia de Franco, algo que todavía no se ha podido desatar. Y no, no asisten como creyentes, lo que no sería reprochable, sino como ministros, como poderosos personajes que permiten, aplauden y apoyan un acto, saltándose la aconfesionalidad de su amadísima Constitución. Y no sólo lo digo yo, ya se lo ha recordado el Defensor del pueblo, pero les da igual. Ellos van a por todas, que para eso son impunes.

Qué tristeza ver a estos carcas reaccionarios, altos representantes del pueblo, erigiéndose en unos perfectos meapilas que utilizan su poder en contra de lo que dice su ley de leyes. Una sensibilidad nacionalcatólica, uniendo ejército y religión, mientras que demuestran una absoluta insensibilidad con las víctimas del franquismo, de aquella detestable ideología. Son herederos de los torturadores, capaces de apoyar al novio de la muerte y olvidarse de las víctimas que defendieron el orden constituido hace ochenta años.

Doña Finiquito, a la sazón ministra de Defensa, esa que ha aumentado en 10.000 millones el presupuesto de Defensa, es la misma que nos ha dejado las banderas a media asta y que permite que los militares participen en más de doscientas actividades religiosas esta Semana Santa, la misma que ha ordenado un Plan General de Cultura y Concienciación de Defensa para que los niños de primaria, empiecen a saborear las virtudes castrenses y aprendan a cantar La Banderita. Esto sí que es cumplir la Constitución y ¡punto pelota!, que para eso son impunes.

Salud y República

El Kabileño

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