Prácticamente todos los días, nos encontramos con alguna noticia de corrupción política. La última es, aparte del famoso Máster de Cristina Cifuentes, el video que demuestra que, hace ya unos años, fue “pillada” apropiándose indebidamente, y con intención de no pasar por caja, unas cremas que no llegan a los 50.-€. Lo primero que pensé es: ¿Qué necesidad tenía de hacer esa tontería? Cuando sucedió, era ya Vicepresidenta de la Comunidad de Madrid, con un sueldo que para mí lo quisiera yo. ¿Se creen dioses?, ¿nadan en la impunidad?,  ¿por encima de ellos no hay nadie? Y no sólo es el Partido Popular (que se lleva la palma), también sabemos que existe corrupción similar en otros partidos.

Es lamentable el nivel, la situación en la que nos encontramos: propiciada por una clase política que no está a la altura de la ciudadanía ni mucho menos. Van los ciudadanos muy por delante de la mayoría de sus políticos: teatreros, falsos, interesados por lo particular, por el amor propio y no el ajeno. Les importa poco nuestro destino. El suyo, sí. Se mueven por impulsos particulares, egoístas y centrados en sus propias aspiraciones. No todos son así, afortunadamente, pero las noticias que propician cada día, resulta angustiosa. Ya no se puede caer más bajo. O tal vez sí, nos lo recuerdan también los aplaudidores profesionales, especialistas en el abrillantado del zapato del poder, siempre inclinados a este o aquel señorío político; que pululan en busca de “su refugio” en el pesebre de los público. De derechas o de izquierdas da igual,  aceptación, consentimiento, aprobación, siempre con el pastor de su rebaño. Quizá por eso en estas ocasiones puntuales, uno agradece especialmente el privilegio de escribir sin ataduras ni dirigismos, sino utilizando el sentido común y la verdad.

Mediocridad, incompetencia, descalificaciones, falta de vocación y de formación, corrupción… son algunos atributos que los ciudadanos ligan hoy a la clase política. No es extraño que muchos españoles no tengan ni ganas de ir a votar cuando se les cita por haber llegado el momento de elegir nuevos representantes. El desprestigio es tal que, a los ojos de la gente, la clase política se ha convertido en uno de los principales problemas de España tras el paro y el futuro de las pensiones. Se han ganado a pulso el despego de los votantes. Están muy pendientes de sus cosas no de las de la gente. El sentido del debate parlamentario se ha pervertido. Si vas a una reunión en la que sabes que no te van a escuchar, terminas rebajando tu preparación. En el Parlamento pasa eso: nadie escucha a nadie.  Basta asistir a algún debate en el Congreso, por importante que sea el asunto a tratar, para comprobar que mientras uno expone, pocos escuchan, muchos hablan en corrillo o ríen, otros mandan mensajes por su móvil, juegan, cuando no llegan los insultos o se quedan dormidos. Las descalificaciones devalúan la actividad democrática y no es edificante. Pero ahí siguen ellos, cruzados de brazos, en su cargo y cobrando su sueldo. Entre los diputados los hay que trabajan mucho y otros que no trabajan nada. Y todos cobran igual. Eso no pasa en ninguna parte. Sería difícil que cobraran una cantidad distinta, pero, al menos, el que no trabaja, que no repita. Que haya incentivos como en cualquier profesión. Aquí el único incentivo es hacerle la pelota al presidente de turno para que te sitúe en su lista.

Ahora da la sensación de que cualquiera vale para político, cosa que hace años no pasaba.  Hay gente que se mete en política porque no vale para otra cosa, porque no tiene otra alternativa. Eso es letal. Y tiene mucho de verdad. El problema es que esto es cada vez más frecuente y tiene efectos perversos sobre lo que debería ser la cosa pública, el servicio a la sociedad. Hay mucha gente que encuentra en la política una forma de vida, un modo de resolver sus problemas de trabajo, de empleo, porque en la empresa privada no durarían dos telediarios. Hacen de la política un juego de supervivencia: mantener su puesto, escalar otros… Nunca se retiran de su posicionamiento por el interés general. Son, a corto plazo, egoístas; y eso la ciudadanía lo percibe: la poca altura de miras, el mucho mirarse el ombligo. Y claro, si la política atrae cada vez más a los mediocres, a los que buscan hacer carrera  en ella, es lógico que resulte cada vez menos atractiva para los profesionales de prestigio: La actividad política, salvo excepciones, ya no atrae a los mejores. Los expulsa, y sólo tienen una meta: el poder. Quitar al adversario aunque las urnas no les hayan dado esa circunstancia.

¿Merecemos lo que tenemos? Mi criterio es que no. Nos falta activismo ciudadano. Cuando el CIS pregunta por los problemas más importantes, no pregunta por la falta de activismo ciudadano. Desde luego, ése, es el mejor camino para exigir e intentar conseguir que al final tengamos unos políticos que estén, no a la altura del betún, sino de las necesidades del país y de la gente. No nos limitemos sólo a ir a votar cada cuatro años, sino hacerles ver que nuestro voto no es un cheque en blanco para hacer lo que quieran, y exigir que la política recupere una credibilidad y confianza que nunca debería haber perdido. Lamentablemente, la política es, quizá, la única profesión para la que no se considera necesaria ninguna preparación. Y recuerden señores, la corrupción no es obligatoria.

Miguel F. Canser

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