Tiempos difíciles estos que nos ha tocado vivir, no más dificultosos que los anteriores que conocimos o no: los no vividos son parte de la historia y se nos han narrado en clases súper aburridas como fastuosas gestas de antepasados gloriosos (y muertos de hambre) que fueron capaces de conquistar nuevos territorios y levantar imperios con cuatro trapos y una lanza de chacota (poco importa que su superioridad sobre los elementos y los metales fuera cosa efímera y en el fondo digna de lástima); y los vividos, por archisabidos y cotidianos, los vamos olvidando año tras año a la par que los escasos detalles que superan esa desmemoria los idealizamos en una galería de hitos sobresalientes (bodas, bautizos y entierros), que acaban por ser los referentes de nuestras biografías, por lo general insulsas. A ver cuántos recuerdos de esta intensa vida pandémica (y celeste) recordaremos en 2030, por no fijar la vista en más adelante; nos pasará en ese futuro como si tratamos ahora de acordarnos de cuántas pesetas costaba un cartón de Fortuna en 1997 o quién fue el premio Nobel de Literatura de 2005, que lo más seguro no nos importó nunca demasiado, convencidos como respiramos de que para eso están las hemerotecas, las bibliotecas y los informes semanales de la Radio Televisión Española.

Cada quien cuando menos tiene ahora su propio método de supervivencia para no ser víctima de la plaga: están los medios comunes, que se repiten como un mantra, y que nos obligan a tener las manos arriba (lavadas con jabón y geles hidroalcohólicos), al alejamiento del enemigo (distancia social) y al uso intensivo de lo carnavalesco para evadirnos del patógeno (uso de mascarillas como si fuéramos bandoleros por las tierras montaraces de Despeñaperros), y están los medios extraordinarios, esos que con ciencia o superstición cada cual saca de su cacumen para hacer de unos meses rutinarios, medrosos y descafeinados, una experiencia que permita creer, aunque sea brevemente, que no hemos desaprovechado del todo el delicado año bisiesto 2020 que tan ufano nos estaba esperando con su carga de maldades y vaticinios en nuestra peculiar belle époque del siglo XXI. No abundaré por tanto en santeros que se pasean por las orillas del río con una patata pelada y cortada en dos en la cabeza, ni en los que defienden que el virus del Covid19 se elimina del cuerpo con una mezcla de aceite de sésamo, cáscaras y cabezas hervidas de langostinos y urea filtrada con un colador de aluminio, ni en los que defienden el derecho al humo, al nudismo y a los espectáculos taurinos mientras viven aterrados por los vampiros comeniños de Hollywood y los postes de repetición de la telefonía móvil. Si hay que creer que el virus no existe, pues se cree y Santiago abre y cierra España; y si no hay que creerlo, pues que sea Diego o Yago quien se encargue de abrir y cerrar las puertas de este país, que lo mismo me da que me da lo mismo.

Llegados a este punto de confesión verdadera, como si fuera un Robert cualquiera y no hubiera mafia a nuestro alrededor, voy a tener que contar, nobleza obliga, mi método para sobrevivir a lo largo de estos largos meses de inseguridad y terror mediático sin obsesionarme con un contrincante microscópico, chinesco y avieso, al que le gustan las multitudes vocingleras, sudorosas y derrochonas de hormonas más que a un adolescente (incluso del Opus) el vello púbico o su ausencia por rasuramiento: me he dado a la bebida, ahogando en vapores etílicos la replicación del patógeno, del que estoy seguro (la fe mueve montañas, como decía el nunca citado suficientemente Jaime Balmes, un catalán tan patriota como la Moreneta) que no se lleva bien ni con el verde de Heineken ni con el rojo del vermú Zarro. He copiado a conciencia a una conocida mía, que lleva cociéndose desde que terminó la carrera de Turismo allá por los años ochenta y que, entre tumbos, tajadas y mamporros, ha acabado por despuntar en el difícil mundo masculino de los negocios, donde se le toleran elegantemente los delirium tremens mientras sueña con androides mecánicos porque es más resistente que un güey y más famosa que el anís de Chinchón.

Que Long John me conserve la vista, Citadelle, la salud y Martini, la fe y la devoción en los santos y en las tarjetas Visa a crédito, que ya me encargaré yo de que en el 2030 no me acuerde de nada. Y ahora, ¿qué? ¿Un bacardí hasta la noche o un Eristoff para incomodar a mamá?

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