El escenario de declaraciones, que desde los medios de comunicación y redes sociales se lleva produciendo a raíz del preacuerdo de gobierno firmado por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, ofrece una radiografía de la realidad que sobrepasa el bochorno para alcanzar la irritación. Declaraciones de todo tipo suscitadas en el orbe del círculo financiero, empresarial, eclesiástico, energético o europeo, ponen sobre la mesa la entidad del trato que éstos dispensan a la ciudadanía.

La previsible mediocridad de los exabruptos articulados ante un hipotético gobierno de coalición por parte de los mencionados grupos ponen de relieve dos posibilidades, a saber: o la inteligencia que atesoran no da para más, cosa que ponemos en duda; o la pérfida intención de sus argumentos dejan ver su firme disposición a mantener el ejercicio de la ignominia como rango fundamental dentro de un modus operandi que trata de imbéciles al resto de españoles y españolas.

No fue por casualidad que en la anterior cita abordáramos las constantes de las que el antiguo régimen se pertrechó, estableciendo líneas en paralelo a la situación que hoy vivimos. Mucho nos temíamos que lo que estamos teniendo oportunidad de experimentar se iba a producir.

Cabe, en este sentido, una diferencia notable y muy a tener en cuenta: el sometimiento, frente a los derechos fundamentales que todavía hoy ampara la constitución y que no deberían claudicar ni ante el ultra liberalismo cuyos “cadáveres” abonan el fascismo. En este sentido, el político y filósofo estadounidense Michael Sandel apuntó la obligación de poner coto al poder del dinero…, siempre, sin negar la necesidad del mercado y la pecunia como instrumento para el intercambio de bienes y servicios, en contra posición a la “sociedad de mercado” que todo lo invade y urde una filosofía de la amenaza, legitimando la monstruosidad como razón y único modo de supervivencia. O lo que es lo mismo, la anomalía como razón.

La costumbre, así, apenas nos deja ver el vergonzoso y vergonzante papel de estos poderes hegemónicos, que no flirtean entre bambalinas procurando ser beneficiados, sino que se despachan con la insolencia que confiere la autoridad. De tal forma, los papeles se han invertido en una especie de grotesca pesadilla, donde los consensos para la gobernabilidad desde los sectores estratégicos y, con ello, aquella llamada paz social, pasa por alimentar las fauces de unas élites siempre insatisfechas como si anduvieran apostando entre sí mismos la posibilidad de eliminar, incluso, la sociedad de mercado para dar paso a la sociedad de la explotación sin necesidad de mercadeo.

La paz social, con todos los cuestionamientos que el término suscita, ya no se busca ni consuma. No hay un punto de encuentro común. Y no lo hay porque no hay el más mínimo temor a la rebelión, a la revuelta en las calles, porque aquellos que revientan y exigen la totalidad y no la parte para mantener el equilibrio es, precisamente, esa esquiva y satisfecha élite que gobierna el dinero, la energía, la producción. Una élite que rompe y revienta, escenificando un temor que vierte a la sociedad bajo la amenaza velada en forma de apocalipsis económico, de parón financiero, de recorte en las inversiones. Y es que cuando las partes de un posible gobierno de coalición hablan de revisión de capitales, del modelo de financiación y derechos constitucionales, saltan las alarmas y, lo que es peor, no saltan las alertas de la ciudadanía que puede, sin dudas, evidenciar el modelo económico soportado en la extorsión y el anticipo de lo que sucederá a la manera de amenaza si un atisbo de justicia asomara alejando el robo del derecho adquirido. Triste esta sociedad que prefiere saciar la gula del que ya tiene un atracón. Triste e indignante el lenguaje camorrista venido de lo más alto.

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