¡Qué divertido es no decir la verdad! Desde que han caído en el olvido los diez mandamientos que dios entregó a Moisés en las famosas tablas de la ley en lo alto de la cima de un monte, el Sinaí, que es poco menos que el Moncayo pero que está para nosotros mucho más lejos y suena más exótico, la mentira se ha convertido en el alien que todos y cada uno llevamos dentro de nuestro cuerpo de teniente Ripley. Y como en la famosa película de Scott, a la par que se desarrolla, el monstruo nos va devorando poco a poco, se nos impone con su sangre corrosiva mientras que nadie puede escuchar cómo nos corrompe las vísceras y nos disuelve el cerebro. Sin gritos, en el silencio de nuestro universo interior, va tomando forma humana, unos dicen que farisaica, otros que cínica, y los más que pragmática, hasta que el ultracuerpo se convierte en la cara sonriente del vecino del tercero o del panadero que nos suministra diariamente el pan, o lo que sea que venda como tal.

Porque lo cierto es que las cosas ya no son como antes y todos los que tenemos una experiencia vital de dilatada trayectoria jugamos a recordar los sabores, la textura, el color, la ilusión… que una vez conocimos y que, no sabemos muy bien cómo, un día perdimos para siempre. En algún momento remoto alguien cambió las reglas del juego, revolvió las fichas y modificó el tablero, pero nos dejó a nosotros idénticos frente a los demás jugadores, ya desde entonces fuera de onda, desfasados, atónitos. Con el tiempo nos hemos acostumbrado a un mundo descafeinado, desnatado, sin alcohol, bajo en grasa, light, sin gluten y con vitaminas añadidas a espuertas como si fueran la solución definitiva al deterioro corporal y mental; seguramente sentiríamos estupor si tuviéramos la oportunidad de probar el agua en estado puro o de beber la leche simplemente hervida en el cueceleches, sin ingredientes extras, esos que supuestamente añaden para nuestra salud. Nos hemos acostumbrado a una realidad que aparenta ser lo que no es y lo hemos hecho con confianzuda indiferencia, dejándonos convencer por la propaganda institucional, por la publicidad corporativa, que busca prioritariamente su beneficio y, por supuesto, nuestra colaboración. La mentira se ha instalado en nuestra realidad con la misma intensidad con que se ha relegado al rincón de la vergüenza a la verdad: ahora somos capaces de lidiar con las falsedades, propias y ajenas, como semidioses, pues todo es posible y está permitido, ya que basta con que alguien formule un sindiós para que se convierta por las buenas o por las malas en cierto y verdad.

Vivimos una época convulsa en la que todos mienten, todos mentimos, a todas horas: la radio desde el amanecer, la televisión mientras comemos, las redes sociales cuando viajamos en metro o en autobús, los periódicos en el café de media mañana o de media tarde, nuestros amigos y familiares, nuestros clientes y nuestros políticos, los curas y las echadoras de cartas, no paran de divulgar, con nuestra importantísima contribución, todo tipo de rumores sin contrastar, noticias falsas y hechos legendarios que no sé quién hizo a sí sé quién y lo vio mi prima Margarita con sus propios ojos, oye. Y la consecuencia no ha podido ser más clara, desgraciadamente: con tantos datos, retorcidos, escamoteados, maquillados, sesgados, mutilados…, finalmente nos hemos convertido en los grandísimos escépticos de la gran fulana, a los que nos da lo mismo arre que so, ande o no el carro mientras tengamos en la nevera un sucedáneo de filete o una imitación estética de carne de cangrejo. También es cierto que los afortunados ciudadanos del primer mundo sufrimos poco y que seguramente, a estas alturas, nos costaría mucho más acostumbrarnos a la verdad, con sus filos agudos y aristas penetrantes.

Así que deambulamos, cuando nos dejan salir a la calle y no nos confinan por nuestro bien y por el de los demás, como sonámbulos, como zombis, seres crepusculares que no atendemos al noventa y nueve por ciento de los estímulos que nos bombardean continuamente, y que reaccionamos al uno por ciento, que no son sino consignas, tomando partido y enfrentándonos a los demás virtualmente con improperios y descalificaciones, sabiendo perfectamente que mienten tan interesadamente como nosotros mismos, en un mundo sin valores. También es verdad que no nos importa mucho y que podemos dormir con la conciencia tranquila, porque la impostura es más atractiva, tiene más encanto, y no exige tampoco la menor coherencia: si un día decides decir la verdad, por probar, seguramente nadie se dará cuenta y tampoco pasará gran cosa. ¡Qué divertido es mentir y qué bonito resulta!

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Jesús Jiménez Reinaldo