De los muchos instantes asfixiantes en la película “El cazador”, dirigida magistralmente por Michael Cimino en 1978, uno de esos directores al que siempre acompaña el misterio y la polémica, probablemente uno de los más recordados será aquel en el que uno de sus personajes protagonistas, Nick, se juega la vida a la ruleta rusa. Es difícil olvidar la mirada turbia de un inspiradísimo Christopher Walken, quien interpreta a un hombre destruido por la brutalidad de la guerra de Vietnam y que obtendría merecidamente el Oscar al mejor actor secundario; para entender esa brillantez hay que valorar que sus compañeros de reparto son otros actores reconocidísimos hoy en día, como Robert de Niro o Meryl Streep. La película es una radiografía de la destrucción causada por la guerra en toda una generación, pero también es un canto a la amistad y un réquiem por la inevitable pérdida de las ilusiones juveniles.

Los jóvenes llegamos a la vida para cuestionarla. Nos encontramos de repente con un mundo ya hecho, en el que casi todo, lo tácito y lo expreso, funciona por unas normas que no hemos elegido y que, a veces, ni siquiera nos dejan criticar. Parece que nos han criado para la libertad, al menos en el mundo occidental, pero a la vez se nos acusa de inexperiencia y de falta de criterio cuando pretendemos variar aquello que no nos convence y que es obvio que no funciona. Ya lo entenderás cuando seas mayor, nos dicen a menudo. Pero qué hay que entender de una sociedad que nos empuja a sobrecualificarnos laboralmente, que nos ofrece unas condiciones de trabajo semi esclavistas y en la que difícilmente podremos emanciparnos  antes de los cuarenta años. Y todavía se permiten recomendarnos paciencia, porque, como nos dicen, las cosas no cambian de la noche a la mañana.

Todos los españoles que tienen hasta cincuenta y seis años tienen algo en común: ninguno de ellos, ninguno repito, votó la actual Constitución, la de 1978, porque o bien no habían nacido o bien no tenían la edad reconocida como mayoría de edad por entonces. Y sin embargo, esa gran mayoría de la sociedad española tiene que estar de acuerdo, por obligación, por un casi valor divino de los padres de la Carta Magna, con todos sus contenidos y lo que estos representan. Es decir, la gran mayoría de este país no ha elegido esta monarquía parlamentaria, sino que se la ha encontrado ya funcionando, en algunos casos con resultados bien discutibles, a pleno rendimiento (y no se lea en esto solamente una crítica a la corrupción de los partidos políticos que han tocado poder o a las instituciones en las que se ha vivido de recomendaciones, comisiones y prebendas). Y en estos cuarenta años, contadas y recontadas, solo se ha actualizado la Constitución dos veces, eso sí, sin la participación del pueblo: una en 1992 para el derecho al sufragio, y otra en 2011 que establecía el concepto de estabilidad presupuestaria, por el que el pago de la deuda pública es lo primero a pagar frente a cualquier otro gasto del Estado en los presupuestos generales, sin enmienda o modificación posible. Los políticos llegaron a un amplio acuerdo que hizo innecesario, ¿innecesario?, someterlo a referéndum ante los españoles.

A lo mejor los jóvenes no sabemos casi nada y tenemos aún mucho que aprender de esos políticos que obtienen sus másteres sin asistir a clase y sin presentar trabajo alguno. A lo mejor es cierto que nos falta experiencia y que por ello todavía no nos han pillado con las manos metidas en la caja común, con cuentas en Suiza y con toda la familia colocada en las empresas públicas del estado. A lo mejor no entendemos de la misa la media, pero lo cierto es que tenemos un espíritu práctico, científico, humanista, que nos hace sorprendernos de que las supersticiones religiosas tiñan de dolor la enfermedad y la muerte de nuestros compatriotas por supuestas objeciones de fe. A lo mejor no somos capaces de comprender qué utilidad tienen para el bien común una familia real que se perpetúa en el poder por nacimiento y que no se puede cuestionar ni investigar, unos poderes judiciales elegidos a dedo por los partidos dominantes, unas instituciones vetustas que deben respetarse solo por el pedigrí de tradición que las soporta…, mientras muchos españoles viven en la miseria, son desahuciados de sus viviendas por bancos y fondos buitre, sufren una sanidad de mínimos o cobran tarde y mal su grado de dependencia.

Puede que los detentores del poder no quieran que cambie nada, pero no queremos que nos dejen una España arrasada, infecta, corrupta y seca. Somos jóvenes y nos corresponde soñar todavía con un país mejor, aunque lo que se nos quiera legar sea un páramo para alienados.

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