El tiempo no siempre da la razón; a veces, lejos de otra cosa, confirma los errores y todo lo que pueda decirse, a propósito de otra cuestión susceptible de haber ocurrido, es pura ficción.

Cabe la posibilidad que desde sus inicios y los inicios de su definición, todo tipo de expresión estética y artística tuviera una razón que, sin conocerla en todos sus aspectos ya estaba determinada.

Si hablamos de arte refiriéndonos  a narrativas visuales y todo el panorama de identidades expresivas  producidas durante estos últimos años, pocas tendrían cierto impacto con capacidad de seducción suficiente para mantenerse en ese tiempo a modo de testimonio. Se produce, se enseña y exhibe (si es posible) dejando paso a otras propuestas sin tiempo para la reacción.

En un intento de salvar los trastos, entendiendo esto dentro del orbe que ofrece una extensión de manifestaciones a modo de totalidad, se intenta la justificación de la estupidez, de una amplia mayoría de las propuestas contemporáneas, dejándolas ser en el mismo estrato que la estupidez misma; eso sí, con la afectación escénica de, incluso, parábolas desde un afuera que analiza el hecho presentado como un reflejo en paralelo a la sociedad. Es decir, que el análisis que en sí mismo es la propuesta, no se incluye dentro de esa misma sociedad, sino como observador de ella. No hay que engañarse, la facilidad con la que se hacen específicos los proyectos llamados artísticos, están a la altura de la nulidad y el convencimiento al prójimo para ser aceptados por el hecho del lugar que ocupan. En fin, que el facilismo para las entendederas del arte contemporáneo parecer ser que no es fruto de cierta decadencia en el pensamiento, sino una aproximación estética para dar explicación al momento presente. Pues no.

Los instrumentos que dan lugar a las explicaciones varían a lo largo del tiempo y la historia y, lejos de apuntar al convencimiento del por qué acerca de la toma de decisiones en argumentos razonados, los custodios o administradores de las plataformas que procuran soporte para la explicación en forma de arte, llegan a negar la necesidad de la explicación como elemento para la estructura de la sociedad. Paradójico este aspecto, cuando es en una enredada explicación donde se intenta argumentar la falta de propuestas sólidas, manoseando el término “cuestionamiento” como elemento vertebrador de cualquier iniciativa.

Y es que resulta que gran parte, no todas por supuesto, de las propuestas actuales están a la altura del facilismo técnico e intelectual de la sociedad en la que se desarrollan. Tal es así que  apenas interesa si no es por lo mismo que el resto de productos. En esto no cabe autocrítica ni “cuestionamiento”. Desde luego, intentar explicar donde la explicación genera una especie de tedio insoportable, es tanto como saber por anticipado que la partida la tiene ganada cualquier alternativa a modo de entretenimiento, o soflama, en niveles de compresión donde la superficie marca la cota más alta de entendimiento y compromiso. Así, un sector aún importante de la población, asiste impotente a este perverso juego de emulación de gestión cultural que más tiene que ver con el entretenimiento que, oh sorpresa, ha alcanzada las aulas intentando confundir interés con fórmulas de divertimiento. Porque ahora, todo tiene que ser divertido, entendible, masticado o, en su defecto, expeditivo, iracundo y castrante con tal de evitar explicar, con tal de evitar explicación alguna y los orígenes de esa falta de cultura actual que tanto se empeñan en recordarnos. Así nos va y así se vota.  

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