Una madre le pidió a su hija de diez años que hiciera un recado. La niña salió de casa obediente, como había visto hacer a sus hermanos mayores muchas veces antes que ella. Una vez en la tienda puso en su bolsa exactamente lo que su madre le había pedido. Mientras regresaba a casa atravesó una calle de poco tránsito y se cruzó con una anciana inquietante, tan encogida que le pareció casi de su tamaño. Estaba sucia y demacrada, vestía ropas harapientas y tenía la piel oscura y arrugada.

La mujer comenzó a caminar hacia ella y extendió la mano hasta casi tocarla, pero su inocencia de niña intuyó bondad en la anciana y no tuvo miedo. Entonces le pidió una manzana. En la bolsa había manzanas, pero la niña no estaba segura de cuál sería la reacción de su madre si en lugar de las seis que le había pedido le llevaba solo cinco, de modo que le dijo que no tenía y siguió caminando. Anduvo hasta su casa pensando que había sido una excelente recadera, a la vez que despreciable y mezquina.

Tenía curiosidad por saber qué habrían hecho sus padres en su lugar y les contó lo que le había pasado. Les pareció mal y le dijeron que debería haber compartido, pero lejos de sentirse peor la niña se sintió aliviada al ver que su forma de interpretar el mundo era coherente con cómo el mundo debía ser según los adultos. La madre la vio apenada y se acercó a consolarla. Incluso uno de sus hermanos se ofreció para acompañarla a buscar a la mujer, pero no pudieron encontrarla. Cuando regresaron a casa seguía lamentándose por la suerte de la anciana y mientras su madre se esforzaba en hacer que se sintiera mejor, su padre y sus hermanos se fueron al mercado y volvieron a casa con varias bolsas llenas de alimentos.

Al rato toda la familia se marchó a un lugar en el que había sillas y mesas dispuestas para comer, pero ningún camarero ni vajillas lujosas. Sus padres le explicaron que era un comedor social en el que muchas personas sin recursos podían comer al menos una vez al día. Entregaron las bolsas de comida y se marcharon.

Aquel día la niña supo lo que significaba poner en práctica la solidaridad y entendió que ser un modelo de conducta era el mejor modo de enseñar. Comprendió que para dar ejemplo no es necesario desdeñar al que aprende, que la familia se cuida y se ayuda y que solo así se cierra un círculo perfecto en el que lo mejor es hacer lo que harían nuestros padres; supo que las personas que la amaban esperaban de ella su versión más generosa y como mucho su abnegación, pero nunca subordinación.

Pero la lección más importante que aprendió fue que a veces hay que confiar en el instinto, escucharse a sí mismo y obedecer a la moral intrínseca, aunque para ello sea necesario desobedecer las órdenes recibidas.

Raquel Sanchez-Muliterno