Vivimos tiempos estúpidos. Dicho así, no sé si queda claro lo que quiero decir. A lo mejor es una expresión un tanto ambigua y lo mismo sirve para expresar que nuestra época es un tiempo históricamente absurdo y ridículo, que para concluir que por eso mismo nosotros, los habitantes de estos tiempos, somos tan estúpidos como el entorno en el que nacemos, crecemos, nos reproducimos y nos morimos. O nos matan: lentamente con comida basura o con la contaminación del agua o del aire, más deprisa con la falta de inversión necesaria en investigación médica o en instalaciones sanitarias, a toda velocidad con guerras estratégicas que dejan la tierra regada con la sangre de miles de víctimas civiles que tuvieron la desgracia de quedar en medio de los terroristas del capitalismo contra los de la religión, o cualquier idiotez parecida. El caso es que nos matan, por activa o por pasiva, y que nos dejamos matar mientras nos entretienen con independentismos, banderas y otras baratijas del hombre blanco, que nos ofrece camuflada entre sonrisas y flores de tecnología y progreso el ponzoñoso áspid de su veneno.

En occidente parece que vivimos años de democracia. Debemos estar contentos, pues nunca en el mundo ha habido una generación que haya tenido tantos derechos como la nuestra, que haya generado tantos excedentes alimentarios y que haya podido crear con su ingenio y sus ingenieros tantos avances en comunicaciones, transportes y entretenimientos. Por si no nos hemos dado cuenta, ya se encargan los medios de comunicación de masas de recordarnos continuamente lo arduo que fue conseguir este estado de bienestar y luego lo puntualizan, como cuando el tonto remacha el clavito, esos políticos de cualquier signo que piden nuestro voto supuestamente para el bien público, pero que en el fondo tan solo persiguen gestionar el presupuesto, ese que andando el tiempo constituirá la Púnica, el caso Nóos o su puñetera madre, con el dinero en Suiza, los jueces comprados con polvitos de colores y la vida prescribiendo, que es lo natural.

Y si a alguien se le ocurre indignarse, que ya está bien, oiga usted, de tomarnos el pelo y cobrarnos encima por ello, y sale a la calle, ocupa las plazas y trata de recuperar el poder para el pueblo, que al fin y al cabo es algo más que un voto cada cuatro años y una voluntad cautiva, pues el sistema encuentra siempre el modo de canalizarlo en algo sucio, greñudo, algo que huela a fritanga de Venezuela o de Cuba, a rata de alcantarilla y perro mojado, chirriante sonido de flauta desafinada, para devastarlo y, como mucho, domesticarlo. Que sepa la gente que al fin y al cabo son todos iguales, y lo mismo da ocho que ochenta, que con consignas así lo que no hay es esperanza, mientras la casta invierte en bolsa, educa a sus hijos en universidades extranjeras y brinda con champán francés por la salida de la crisis y sus crasas cuentas bancarias.

Claro que no todos somos estúpidos. Pero divididos como estamos, fragmentados, sin representantes que nos potencien, tratamos de a poquitos de levantar nuestra vocecita contra el muro de las consignas, contra el Gran Hermano que nos trata de doblegar con series de televisión, la mejor liga de fútbol del mundo, mira quién baila y cómo cocina tu niño en la pantalla. Si un día los jubilados se hartan y salen a la calle para que no les roben las pensiones de su trabajo, ese que recuperó un país de una guerra incivil y de unos gobernantes dictatoriales, enseguida tratan de comprarles con unas chucherías, como si a estas alturas se pudiera acallar la injusticia otra vez con la misma caradura y falta de ética. Pero no los minusvaloremos: suelen timarnos taimadamente mientras nos compran.

Vivimos tiempos estúpidos. Nunca antes disfrutamos de una sociedad con tantas libertades y de una vida tan muelle y tan plena: poco importa que muchos de nosotros estemos en el paro, que muchos sueldos no lleguen a los mil euros, que los jóvenes tengan que marchar al extranjero para aspirar a una vida mejor, que los ancianos no cobren su subsidio de dependencia, que se condene en democracia a escritores, cantantes, blogueros, tuiteros, gente del Facebook y otros de mal vivir, vagos y maleantes, condenados por decir lo que piensan con la libertad de expresión en la que se supone que vivimos. ¡Esta era la libertad, este era el futuro! Qué tiempos. Qué estúpidos.

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