No resulta fácil describir- ni mucho menos explicar- una situación social y política como la que desde hace tiempo vivimos, y que no lleva trazas de despejarse. Pero sí que está al alcance de nuestra mano expresar subjetivamente la percepción que tenemos de ese entorno sociopolítico y cultural que incide en el ámbito de lo personal, de nuestras vivencias, criterios y emociones.

Porque nos movemos siempre en la doble dimensión personal y colectiva, en la esfera íntima y en el espacio comunitario. Ambas dimensiones frecuentemente se interconectan y se potencian recíprocamente, enriqueciendo su dinamismo mutuo. Aunque lo cierto es que no puede afirmarse esto con carácter absoluto ni siquiera general, sino admitiendo que dicho dinamismo se encuentra sometido a las amenazas y los traumas de la realidad.

El equilibrio entre un relativo ensimismamiento (tan frecuente y peligroso) y la apertura al exterior  en su pluralidad (personas, cosas, hechos) es beneficioso y hasta necesario para la convivencia social y el crecimiento personal. Dicho esto, podemos intentar una leve descripción del paisaje que nos envuelve y del efecto que este nos produce.Dicho efecto no es otro que un tejido de perplejidad, cansancio, hartazgo, monotonía, impotencia…, incluyendo por supuesto el papel de los medios de comunicación en su tarea informativa.

La polarización obsesiva en la problemática de Cataluña llega a ocasionarnos una irritación exasperada y un desinterés creciente. Algunos de los perfiles políticos que nos visitan componen a diario un conjunto hosco y más bien sórdido, una afilada malicia o una mediocridad apabullante. Aunque son necesarias, por supuesto, las distinciones y también los matices, en los que no voy a entrar. Para eso ya están las informaciones y los análisis que nos suministran los medios, de muy desigual valor y entidad según los casos.

Para sobrevivir dignamente en este áspero viaje se precisa un equipaje de mano que sea a la vez un equipaje de fondo, que contenga valores y actitudes morales, suficientes dosis de solidaridad y sentido humanitario. Un equipaje que abrace al mismo tiempo la densidad de lo cotidiano y la imprescindible apelación al realismo lírico de la vida. Un bagaje para discernir la autenticidad de nuestros sentimientos y actitudes, la veracidad y consistencia de nuestro compromiso con los demás y con la sociedad en su conjunto. Un instrumento vivo y útil para superar la indolencia y la inercia, acrecentar el humor, sentir la cercanía de las personas y de las cosas, combatir la atonía y la indiferencia, cultivar la empatía, mantener en el corazón el sosiego y la esperanza, tratando de deshacer los nudos que nos atan a la perplejidad y  a la inacción, no confundiendo la tibieza con la templanza.

Se abren ante nosotros horizontes de valor y de sentido, destellos de luz que alivian la niebla permanente que nos acosa. La sencillez como talante moral, la introspección que consiste en mirar las cosas por dentro tratando de suavizar la erosión que nos producen. Todo ello forma parte de ese equipaje de fondo que necesitamos para vivir con holgura y coherencia, debatiéndonos entre la tensión combativa y la armonía, el vacío y las múltiples expresiones de la creatividad.

Santiago S. Torrado