Resulta imposible y casi incomodo abstraerse del momento que todos y todas andamos viviendo. Es un episodio de la historia en la que el planeta entero está implicado y cada cual tendrá su propio relato de todo cuanto está viviendo y en el futuro dirá que vivió. Es una época que, al igual que la desescalada, también ha tenido sus fases desde el decreto del estado de alarma que confinó a la población y cerró a cal y canto los lugares de tránsito desde trabajos, comercios o bares,  hasta cines, teatros, salas de exposiciones, conciertos, festivales, librerías…, lugares muchos de éstos de confluencia y trabajo a la vez que, ahora desde las casas, hemos validado y legitimado su necesidad.  Y es que no resulta  incierto que la alusión permanente y continúa   la Cultura como “salvavidas” dentro del ámbito doméstico en forma de lectura, cine, alguna que otra manualidad, música e incluso teatro bajo reproducción a través de dispositivos, ha ocupado y satisfecho muchas de las horas y los largos días que pasan sin diferencia alguna entre uno  otro.

Viéndose venir el vendaval, en una fase avanzada del decreto tras la segunda prórroga, el sector de la cultura se puso manos a la obra y, desde televisiones o directos en redes, fueron proliferando todo tipo de reivindicaciones dirigidas al ministerio de cultura. Propuestas para el cine ante el parón de los rodajes, propuestas para el teatro por motivos evidentes, propuestas para la música y alternativas a todos los festivales remitidos a la suspensión o aplazamiento sine díe y, de forma muy tímida, alguna alusión al universo literario cuya suspensión de la feria del libro habrá traído consecuencias de las que poco se ha hablado.

Desde ese momento el ministerio parece que se afanó en reconocer la importancia aludida, aprobando en consejo de ministros una partida de ayudas directas e indirectas. Su lectura nos deja algo perplejos…780 millones de euros para facilitar créditos garantizados, bien está. Por otro lado, de un total de 78,4 millones de euros en ayudas directas se destinarán 38,2 millones a artes escénicas, 13,2 millones a cines que se adapten, 4 millones al sector del libro, entre otras ayudas, además de otras a rodajes cinematográficos con importantes dotaciones presupuestarias  y ¡Oh sorpresa! Un sólo millón para arte contemporáneo “…y en concreto para el desarrollo de proyectos de innovación digital que fomenten la difusión de las artes visuales, la creación artística, la comunicación, la difusión internacional y la adquisición de arte contemporáneo español.” Sinceramente, la tibieza e inconcreción de este último capítulo es providencial.  En definitiva esto es decir lo mismo que el silencio y la nada. El capítulo de Arte para el ministerio directamente, no existe.

Y es que el desconocimiento del modelo en el  funcionamiento del sector de las arte plásticas y arte contemporáneo es, literalmente,  absoluto. Ya en alguna ocasión desde estas mismas páginas hemos ilustrado el vacío en el que este sector se encuentra y el discurrir de las carreras de quienes lo componen.

En este sentido, no se prevé ningún tipo de acción, no para retomar el ritmo, sino para que se inicie de forma somera el acercamiento al trabajo de artistas en activo. He ahí la piedra angular del asunto y desde ella me atrevo a señalar la indolencia de muchos miembros del sector cultural pertenecientes a otras disciplinas. Parece ser que cuando se habla de Cultura sólo se trata de cine, música y teatro, que lo son por lo que tienen de indispensable, sin duda. Desde estas latitudes, los miembros de estos sectores hablan de forma vehemente y preocupada sobre qué va  a suceder con los  actores, actrices o músicos,  cerrando las instalaciones a dos tercios del aforo…en el fondo entendemos que hablan de taquilla, y no está mal, es de lo que viven. La cuestión es cuando éstos mismos hablan de lo importantes que son los museos como única referencia a las artes plásticas, intentando meter el arte contemporáneo como elemento cultural, y ahí, hasta ellos tropiezan.  Bien está que incluyan el Arte en sus discursos, pero, por favor, no dentro de los museos. Porque eso es tanto como asumir que los artistas plásticos en activo no existen o, en el mejor de los casos, debe ser que viven de lo que ya se pintó, de lo que otros hicieron y no de lo cada uno de ellos desarrolla dentro de sus estudios en el momento actual.

Bajo ese mismo perfil de consideración,  por parte de algunos artistas del sector cinematográfico, musical o escénico con capacidad mediática, me atrevería aludir a su supervivencia en la misma plano que ellos apelan a la supervivencia de las artes plásticas; es decir, de lo que ya se hizo, de las películas que décadas atrás ellos no rodaron, de las obras que no representaron o de los conciertos que tuvieron lugar previos a su propio nacimiento. Bien, pues esta es la realidad. Los artistas plásticos actuales no existen. La gente debe tener satisfecha su cuota de interés por el arte visitando museos, que no es mala cosa, pero los creadores actuales no viven de eso sino de sus trabajos. Igual que el resto de artistas, actores, actrices, músicos, escritores…

Nadie obligó a los artistas plásticos a serlo, perfecto; pero eso no deslegitima ni su trabajo ni la entidad de su obra, ni por supuesto su decisión a la labor que dedica su trabajo ¿Cómo, entonces, fomentar su presencia y desarrollo dentro de la sociedad nos preguntamos? Se habla de una ley de mecenazgo dentro de los acuerdos, pero ojo,  esa ley contempla deducciones del 5% por donación sin aludir a las artes plásticas, sabiendo a qué partes implica una ley de mecenazgo…

De esta manera se me ocurre algo más obvio. En vez de una ley de mecenazgo, si de verdad se quiere impulsar el sector, tal vez estaría bien haber contemplado una deducción por adquisición de obra tanto por parte de  empresas, corporaciones o personas físicas. Esta puesta en práctica tan simple propiciaría la activación directa e indirecta tanto de artistas como de otros sectores dependientes  de su trabajo. Bajo esta propuesta habrá quien piense que “la taquilla” de un artista plástico, sobrepasa con mucho el coste de consumo de otros sectores de la cultura, y es cierto. Pero también es cierto que un pintor o escultor vende una  obra original una sólo vez.  Resulta imposible vender mil veces el mismo lienzo o la misma talla en piedra. Sólo una. Es por eso que el modo de incentivos que  requieren las artes plásticas debe contemplar acciones distintas.

Acciones que, incluso en el capítulo de premios y certámenes, los artistas plásticos ven como también se encuentran en el desamparo y bajo actuaciones diferentes al resto. Y es que la realidad resulta ser que ante cualquier convocatoria teatral, musical o literaria en la que se dote con un premio al ganador,  en ningún caso el galardonado se ve despojado de la propiedad de su obra. Pues bien, los artistas plásticos nunca son galardonados por muchos premios que lleguen a obtener. Y esto es porque ante el fallo satisfactorio por parte del jurado de turno, la obra galardonada pasa a propiedad del convocante. Así, no es pues un galardón, sino un pago en retribución por obra realizada. Muy apropiado.

Con esta realidad, reflejada en estos dos simples ejemplos expuestos, además de otros que ya iremos dejando de manifiesto en el desarrollo de producción de obras, es posible que estemos confundidos y, apropósito del tratamiento que se da, tal vez el arte no es cultura sino algo que alguien tendrá que definir.

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