Cuando esta revista llegue a su buzón, ya se habrá consumado en el Pleno la renuncia de José Antonio Riber, hasta ahora portavoz del grupo municipal del PP, a su condición de concejal. Estaremos, además, entrando en el tiempo de descuento de la actual legislatura, acercándonos pues a la dinámica de precampaña que en demasiadas ocasiones extrema la teatralización de la política, en una lógica muchas veces lejana al necesario carácter reflexivo del debate político. El rifirrafe partidista, en contra de lo que puede parecer, deja poco espacio a la confrontación de fondo de ideas, propuestas, visiones del mundo que la política en mayúsculas implica, y de hecho acaba caricaturizándola. Por eso, me parece inspirador pensar en lo que Riber ha aportado a la política municipal en estos años, como en una modesta referencia de cómo se puede gestionar la discrepancia política sin miedo pero sin estridencias, sin complejos pero con madurez, sin ruido, aprendiendo a escuchar.

A lo largo de esta legislatura, por nuestras responsabilidades comunes como portavoces de nuestros respectivos grupos, he tenido la oportunidad de tratarlo en profundidad. Hemos confrontado, hemos breado muchas diferencias, hemos tenido desencuentros. También hemos coincidido, llegado a algunos acuerdos, buscado términos medios.

Representamos, al fin y al cabo, posiciones diferentes y en muchas cosas antagónicas. La cultura política imperante en la que vivimos es de un cinismo atroz. Por un lado, sobrestima la idea de ‘consenso’ para intentar aplastar la posibilidad del debate, como si fuese una irresponsabilidad no estar siempre de acuerdo en todo, como si la política no fuese una herramienta de defensa de intereses y por tanto como si todo el mundo -independientemente de sus condiciones materiales y de sus subjetividades- tuviera o representase los mismos intereses; pero por otro lado, esa misma cultura promueve relaciones políticas fraticidas, y ensalza la doble cara para facilitar la puñalada de salón, las intrigas de medio pelo, los desplantes y las pequeñas grandes traiciones.

Por eso es un lujo coincidir en política con gente como José Antonio Riber. Porque no le teme a la confrontación, ni se esconde, pero jamás dice una palabra más alta que otra ni sobreactúa ni se mueve por subterfugios ni le inspiran miserias inconfesables. Riber es un tipo dialogante, trabajador, y con la sincera inspiración de buscar lo que honestamente cree mejor para la ciudad. No le arrugan las dificultades: no hay más que recordar cómo empezó esta legislatura en las filas ‘populares’.Creo que es además, uno de los pocos representantes del PP local que entiende cómo es Rivas y la gente que vive en Rivas, y me aventuro a decir que el Partido Popular no sólo pierde como concejal a un buen tipo, con sentido del humor, sino también a alguien capaz de ver más allá de los argumentarios del día que se mandan desde Génova o de los chascarrillos. De momento, el PP de Rivas queda bastante débil y dividido tras haber desperdiciado la posibilidad de su liderazgo.

Ahora se incorpora a la Agencia de la Vivienda Social de la Comunidad de Madrid como Director de Área. A ese antiguo IVIMA paradigma de la nefasta gestión de la política de vivienda pública e integración social del PP madrileño. Sin duda, nos dará motivos para confrontar con sus decisiones y el ejercicio de sus responsabilidades. Pero no me cabe duda, tampoco, de que habrá ocasiones en que su corazón ripense le pueda y busque puntos de acuerdo con el Ayuntamiento en favor de los intereses de los vecinos y vecinas de Rivas. Mucha suerte, José Antonio, y que sigamos discrepando -y encontrándonos- por mucho tiempo.