Es muy probable que la delgada línea en la que nos movemos cuando hablamos de arte propicie, fruto de una continua tibieza e indefinición de posiciones, la tendencia a una desaparición real que ya se anticipó desde el pensamiento y el debate con el firme propósito de explorar alternativas para la creación. Y es que cuando hablamos de arte siempre nos movemos en las competencias que se debieran asumir entre la esfera de lo público y lo privado. En cualquiera de los dos casos siempre pisaríamos fuera de esa línea de equilibrio, ante la posibilidad de entrar en contradicciones manifiestas, debiendo redefinir de manera continuada ambos conceptos y que ese ejercicio no quede trasladado a otros ámbitos a los que pudiera agarrarse el ultraliberalismo más demoledor. Digo esto porque, sin duda, tendremos que salir de la delgada línea para establecer un diagnóstico del estado actual del arte contemporáneo y, con ello, apelar de manera ineludible a diferentes categorías de lo privado por lo que tiene de necesario en decisiones tomadas desde la institución pública que trasciende a la privada y retorna al individuo estableciendo fronteras de participación pasiva.

Diversas fundaciones ligadas a entidades financieras, energéticas o instituciones públicas colonizadas por esas figuras surgidas -de no se sabe bien dónde ni por qué llamadas curadores o comisarios en lo que parece una designación de autoridad-  proponen a lo largo del año diversos proyectos de dudoso interés para el público fuera del propio ámbito artístico. Bajo este prisma los gestores de lo cultural en referencia a las artes plásticas, se afanan en hacernos creer que la falta de educación artística es el germen que impermeabiliza al público frente a las nuevas propuestas. Estamos pues ante la inminente presentación de los mediocres culpabilizando al resto de la mediocridad de sus ejes de representación, que más tienen que ver con las ínfulas de las que han bebido en la esfera de lo absurdo que de un ejercicio a la altura. Así, se hace olvidar que la actividad artística sigue existiendo hoy…son, en fin, los gestores culturales los que definen qué es arte y qué no lo es y, siempre, desde el desconocimiento de la actividad artística, bien ubicados en fundaciones o instituciones que bien está que existan. Y mal, muy mal que con enorme talento para el engreimiento hayan conseguido desvincular arte y sociedad. Y es que todo cuanto tenga que ver condicho asunto, queda gravitando en una especie de atmósfera enrarecida en la que, si quedara algo con posibilidad de conocimiento pronto quedarían nuevos términos a redefinir para asegurar la indefinición.

No hay problema. Los ubicados a modo de escudo con categoría gafapasta definen, incluso, los lugares que el arte habita, haciendo las misma cosas aún a riesgo de la indiferencia en cuya naturaleza mantienen sus codiciados puestos. En un mundo que queremos en libertad, hay un demagógico empeño en implementar el arte en la enseñanza sin reparar en su función. La creación es una actividad, no un complemento. Porque siempre que se siga tratando como tal la profesionalidad del creador queda fuera de cualquier ámbito de credibilidad menguando la influencia de su pensamiento. La creación, el Arte, no surge, emerge o se produce de manera espontánea. Hay tras ello  un largo período de formación que, lástima, tal y como hoy se plantea, queda abocado a un doble esfuerzo que tiene que ver con la actividad paralela del trabajo alimenticio. No, la puesta en conocimiento y divulgación del arte no consiste en hacer sistémica una actividad como complemento, ni tan siquiera como terapia, porque así quedan desalojados de responsabilidad los autores de las propuestas oficiales y fundacionales que se perpetran. El Arte, resulta que es una actividad profesional que se desarrolla en la misma sociedad donde otras lo hacen. Y lo hace con un aporte indispensable en donde se antoja necesaria la canalización de su trabajo que, una vez tras otra intenta adaptar al artista al propósito de los gestores. No es posible dejar al creador como el tonto útil que en otras actividades de las artes sería impensable. No es posible seguir bregando con la mediocridad de las propuestas más actuales, No es de recibo hacer creer a los artistas plásticos que su actividad es una actividad fallida alimentando la idea gestionada de frustración. Deberíamos pensar si, incluso,  se están haciendo bien las cosas desde las diferentes corporaciones cuando el escenario que se le plantea a un artista plástico para exhibir su obra queda en la esfera del favor, en muchos casos, conminando al propio artista a dejar una obra y por supuesto sin el más mínimo trato en igualdad de condiciones que quien ofrece un concierto o actúa sobre las tablas de un escenario por poner un ejemplo. No, el rango es el mismo para todo aquel que se dedique a las artes plásticas. Cualquier rincón o zona de paso sirve para exhibir su obra y, si no fuera así, el salto cualitativo lo pone la facultad mediática capaz del encargo por oídas que, como la mayor parte del arte que nos dicen que es, resulta dirigido y al antojo de una insurgencia impostada de alto coste pecuniario

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