¿De qué se quejarán tanto mis compañeros?

Estamos en enero y mirad que calorcito. Es verdad que no vemos mucho el sol, ni el paisaje; a lo sumo entrevemos que es de día o de noche a través de estos plásticos. No sabemos muy bien si es primavera o verano, pero qué más da, no debemos preocuparnos: si tenemos sed, nos riegan; si tenemos calor, nos refrigeran; si necesitamos insectos para polinizar nuestras flores, nos los traen vivitos de la tienda; si necesitamos alimento nos atiborran a productos químicos.

¡Puaff! Sí, es verdad, a veces no podemos ni respirar con tanto pesticida pero ¿Qué queréis? ¿Estar rodeados todo el día de ácaros y bichos molestos?

Ya, ya, nuestro sabor ya no es el que era, pero no hay que preocuparse, la ciencia está preparando unos productos químicos que nos lo devolverán.

Tanto criticar y sin dar alternativas. ¡Venga, cántate una sevillana!

Me han comentado, que en otras latitudes, nuestros hermanos han sido modificados genéticamente, ya no necesitan tanto pesticida, porque son más resistentes a los hongos. Incluso más resistentes al transporte. Eso sí, su color ya no es rojo, es medio morado, y su sabor…  ¡Ya no sabemos si son parientes nuestros!

Nosotros, afortunadamente, sabemos que todavía somos una planta. Nuestros genes, aunque cada día más machacados, contienen la herencia de nuestras abuelas.

Pero.. ¿Qué pasa? Esto es un atropello. Todavía estamos casi en la pubertad,  sin haber madurado lo suficiente y ya nos cortan y nos embalan.

De nada sirve que muchos de nosotros aun sigamos verdes, nos introducen en camiones y viajamos hacía el lugar de distribución.

¡Cansadísimos estamos! Algunos de mis compañeros, con tanto kilómetro, se han arrugado como una pasa. Me temo lo peor. Miles de nosotros acabaremos en los basureros.

Me dicen que estamos siendo embarcados.

Semanas llevamos con este vaivén y con un frío de narices en estas cámaras. Eso sí, con este producto que nos echan, seguimos eternamente jóvenes. Con las ganas que tenía yo de conocer el mar.

¡Vaya! ¡Estas personas que nos transportan del barco a los camiones ya no son andaluzas! ¡Son chinas! ¡Pero si está todo lleno de pagodas!

¡Huy! En esta fábrica nos están convirtiendo en papilla. Y nos cuecen junto al aceite, ajo, cilantro, ají y comino. ¡Ya está! Ahora sí que no vemos nada, nos acaban de tapar herméticamente en un bote metálico.

Nos han dejado tranquilos en estas naves. Como estamos tan apretujaditos y tan tapaditos, además de estar acompañados de un producto que le llaman conservante, podemos esperar aquí durante meses.

Sí, si, parece que volvemos de nuevo a un barco. ¡Qué bueno! ¡Otra vez de crucero!

¡Qué me dices! ¿Que hemos llegado a tierra? ¿Que hay góndolas y coliseos? Siempre he querido viajar por este país tan simpático y monumental.

Por fin nos destapan. Nos vierten en una masa blanca de harina. En esta ocasión nos acompañan champiñones, trozos de aceituna, jamón york, otros condimentos que no reconozco y queso, mucho queso. ¡Qué blandito! Alguien, mientras nos manipula,  canta la traviata.

Heladas nos hemos quedado. Volvemos a la carretera. Plastificadas, empaquetadas y congeladas, oímos pasar los kilómetros dentro de los camiones.

¿Qué? ¡No puede ser!  Oigo de nuevo sevillanas, aunque sigo teniendo un frío de muerte en estas cámaras.

Alguien me libera por fin y me tuesta. Mientras alguien me engulle, deliciosamente, bajo un letrero que dice “Restaurante Italiano”, veo a lo lejos mi lugar de nacimiento entre los plásticos. Después de recorrerme medio mundo, muero donde nací, ¿Alguien necesita más?

Les dejo con las palabras de Jorge Riechmann, poeta, traductor, ensayista, matemático, filósofo, ecologista, doctor en ciencias, profesor de la universidad madrileña, y miembro del consejo Ciudadano de Podemos de la Comunidad de Madrid:

Un estudio de caso comparaba un típico menú inglés compuesto a base de ingredientes importados, frente a otro cocinado con ingredientes locales comprados en el mercado de abastos. En el primer caso, la comida había viajado 24.364 millas y consumido 52,7 megajulios de energía; en el segundo caso, apenas 376 millas y 1,04 megajulios. Como se ve, las diferencias resultan sustanciales. Para luchar contra el cambio climático y avanzar hacia un desarrollo que de verdad sea sostenible, urge acortar esos largos kilómetros de viaje (y las correspondientes emisiones de CO2) que incorporan los alimentos. Para ello necesitamos recentrar la producción y el consumo sobre el territorio, promoviendo activamente el consumo de alimentos locales y de temporada. Comer de lo cercano es tan importante –o más— que comer ecológico”

 José Manuel Pachón López