Normalmente nadie quiere abandonar su lugar de origen, casi con toda seguridad, para no volver más. Someterse a una diáspora imprecisa en el tiempo. Ponerse en manos de mafias, traficantes de personas, proxenetas,…, desalmados de la vida sin ninguna consideración con la del prójimo,…

Quienes abandonan su tierra, sus gentes, su cultura, su historia,…, solo buscan una mínima posibilidad de superar su situación, frecuentemente insoportable, que les provea de los recursos mínimos necesarios para subsistir, el migrante mismo y por añadidura su familia.

Muchos de quienes abandonan su tierra (mayoritariamente del llamado tercer mundo), lo hacen huyendo del hambre, la miseria, las enfermedades, las guerras, etc. Todas, situaciones no generadas por ellos mismos, sino ocasionadas por terceros, siempre por intereses espurios: explotación de los recursos naturales, control geoestratégico, cambio climático, etc.  Nosotros somos los causantes de la mayoría de sus males: expoliamos sus recursos, exportamos las enfermedades y hemos provocado el cambio climático.

¿Qué otra posibilidad les queda que intentar colarse en este mundo privilegiado y solo reservado para los elegidos?

De momento, a las costas españolas en lo que va de año han llegado unos 13.000 inmigrantes ilegales, menos de 1.000 con autorización del nuevo gobierno en un alarde humanitario, aunque se olvide de los otros miles que llegan atravesando el estrecho de Gibraltar como si esos no existieran. A las costas europeas, en el mismo periodo, unos 46.343. Por cierto, es curioso que solo se les denomine como ‘ilegales’ a los que entran en pateras, a los que llegan a los aeropuertos, estaciones de ferrocarril o puertos del litoral, si tiene algo o mucho dinero, esos son bienvenidos…

Y ya suman más de mil cuatrocientos muertos por ahogamiento en el Mediterráneo. Además de más de 10.000 devueltos a sus países de origen, esos lugares donde les maltratan, les violan, los venden como esclavos, les persiguen y les matan. Países que están en guerra desde hace años. Guerras creadas por nuestros gobiernos occidentales, solo para preservar sus intereses económicos o geoestratégicos. Las personas no son las que importan.

La Unión Europea (UE) cierra fronteras, ahora quiere montar campos de concentración en los países del otro lado del Mediterráneo, para tenerlos controlados y que no nos den problemas ni con su acogida, ni en nuestra conciencia.

La UE está dispuesta a pagar a los países donde se instalarán los campos para que los tengan controlados. ¿Y no sería mejor terminar con las causas que les obligan a emigrar? Acabar con las guerras, el espolio de sus materias primas, etc. Con ese dinero montar industrias que les permitan trabajar y ganarse la vida, cultivar los campos, dotarles de instalaciones adecuadas para vivir dignamente…

Solo así podrán permanecer en sus territorios de origen, protagonizando su propia historia y su cultura, conviviendo con aquellas que son sus gentes. Cualquier otra medida de contención será inútil, seguirán intentando llegar ‘a la tierra prometida aunque eso les cueste la vida…’.