La premura por palmear y posicionarse en acuerdo a la desvergüenza y la depravación como  ocurrencias con el afán de pertenencia a algo, de mentalidad cuanto más básica mejor, obliga a la dispersión y aceptar con entusiasmo el pronunciamiento de fácil digestión. Lo malo de todo esto no estriba tan sólo en el almacenamiento de pensamientos únicos y estrechos, sino que el trágala lo proporcionan elementos de verbo zafio, intenciones ignominiosas, maneras impúdicas, retrógrados, cutres enaltecidos por su inoperancia cercana al analfabetismo trabajado o sinvergüenzas en  ejercicio del despotismo, que en la brutalidad quedan investidos de una autoridad correspondida por la insensatez de los porcentajes electorales, la sensibilidad vergonzosa de los viles y misas con cuño de nacional catolicismo.  Desvergüenza, sí y ocurrencias de mal agüero.

Deberíamos atender a los matices, lugar donde el debate se enriquece y algunas ideas pudieran ser punto de encuentro, desde luego; pero la deriva de algunas sentencias, procesamientos o declaraciones nos obliga a una posición escorada evitando la  comprensión sobre lo que resulta evidente. Porque no hay encuentro. No cabe sentido alguno para comprender y entender tanto hostigamiento  hacia una sociedad que, aún, calma su indignación en las calles y las movilizaciones, mientras los políticos “Marca España” buscan la mejor mueca de perplejidad o desdén ante la reprobación fundada.

No son pocas las personas de cabeza bien amueblada las que intentan recordarnos que al denominar fascismo algunas decisiones, leyes o  escenarios, lo hacemos desde el desconocimiento de lo que fue tanto aquello como la dictadura que durante cuarenta años ejerció tal fascismo. Y no les falta razón. Desconocemos la barbaridad que supuso en carne propia. Y es que para tal fin está la memoria colectiva, la empatía capaz de estremecer y la interpretación de la historia. De ahí que sea necesario recordar los pasos, recordar y poner sobre aviso acerca de los modelos de transformación que dieron lugar a tan infaustos episodios; recordar cómo se llegó al convencimiento de la población y a quién, en un acto de “bondad infinita”, ha usado el nombre del mismísimo dios para la atrocidad y santificar el poder de los peores.

Piel fina la que visten los apostólicos que, escandalizados por las expresiones del actor Wily Toledo,  se apresuran a querellarse sintiéndose heridos en su sensibilidad esperando el juicio de lo terrenal y no divino que, dicho sea de paso, se admite a trámite en lo que parece más una opereta traída a serio que seriedad judicial. Piel fina y vehemencia heredada de la ira franquista la del abad custodio de la memoria fascista de España. Sensibilidad  perturbada la de cuatro ministros en bochornosa sesión farisea cantando al paso de la legión, en el más esperpéntico acto con todos los componentes de la ordinariez. Piel fina la de esta ralea de gente usurpadora y castrante que olvida a quienes sirven, cuando no son ellos los servidos. Pieles de terciopelo que reconocen las bondades del poder en la fuerza. Sensibles de medio pelo que no recuerdan, o sí, los autos de fe y el ensañamiento en nombre de lo divino, el privilegio como dogma y dignidad, el rango de autoridad siempre junto al poder violento, la moral construida de voyerismo y castigo, el diezmo cobrado a los más pobres, el látigo  como argumento siglo tras siglo. No recuerdan o sí, lo que es la iglesia en su capacidad catalizadora de moral. Una moral que destierra al nazareno y lo vapulea. Y es que es ésta una iglesia que ponía palio al dictador, otorgaba a los cardenales  rango de general de brigada y bendijo los asesinatos sobre la España republicana. Es esta una iglesia que niega comunión a un niño con síndrome de Down, que insulta y niega el amor entre personas del mismo sexo, que convierte a los violadores en víctimas por provocación. Es esta misma iglesia la que retrasó España y asesinó españoles con el argumento de la pureza de sangre; una iglesia que arengó desde los templos, en los albores del siglo XIX, a todo un país contra los franceses con el único fin de mantener regalías en contra de las bases que asentó la revolución francesa. Es ésta y no otra, una iglesia que dicta obediencias e intransigencias como proyecto de sociedad. Una iglesia y sus feligreses que se ofenden y litigan cosificando a dios como si dios fuera propiedad en  pertenencia. Es esta una iglesia que recibe once mil millones de euros anuales mientras inmatricula bienes a su nombre. Una iglesia dirigida por obispos que bendicen lo abyecto con estatus de ética sustanciada en decálogos para la bestialidad sin recibir querella. Al tiempo, las iglesias se reinventan llenas de personas que odian, juzgan y censuran vidas que no son las suyas al dictado de una indecencia de pecado manifiesto. Y es que son políticos, jueces, respetables de envarada etiqueta en misa diaria y feligreses que los jalean,  quienes parecen llevar en sus posiciones la imagen de la fe; esos mismos que sin pudor alguno trivializan el papel de la mujer, resuelven la inmigración con concertinas, ofrecen los mejores puestos a los corruptos, ningunean y se carcajean de los muertos asesinados y enterrados en las cunetas o cuestionan a la mujer violada, cuando no a menores, como declaró el obispo de Tenerife. Pues bien. Qué viva entonces la opresión, la infamia, la ruindad y la astracanada como norma fundamental del Estado por designio divino y la fe en doctrina…la misma que mató al nazareno.

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