El pasado 18 de octubre sufrimos la pérdida desgraciada de Fatiha, la mamá de Rim, una alumna de cuarto curso del CEIP Victoria Kent. La pérdida de un ser querido es un tránsito difícil de asimilar incluso para los adultos. No entendemos qué pasa con la esencia de una persona que en un instante deja de ser y de estar, o dónde queda toda su energía; al igual que los adultos los niños reaccionan de formas diferentes ante la muerte. Entienden que es un hecho irreversible pero todo lo demás son dudas que los mayores podemos ayudarles a manifestar. Según teorizó la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross en 1969 hay un modo de sentir el luto y de enfrentarse a él que es común en la mayoría de los duelos y que caracteriza a las cinco las fases que se atraviesan: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Sea cual sea la fase en la que se encuentre el niño e independientemente de su reacción a la pérdida (mutismo, ansiedad…), lo primero que tenemos que tener claro los adultos es que la muerte nunca debe ser un tema tabú. Hay que hablar de ello de forma natural, manifestando las emociones que acompañan a cada sentimiento que se comparta con el grupo, sin reprimir el llanto ni la pena ante los niños. De ese modo ellos aprenderán que la libertad de expresar emociones es socialmente aceptada y ayuda a curar el dolor. Cuando nos sobreviene un acontecimiento impredecible ajeno a nuestro control sentimos miedo (cuanto más predecible es un acontecimiento más preparados nos sentimos para afrontarlo). Algunos niños sienten miedo por creerse culpables, otros temen sufrir otra pérdida en el entorno familiar inmediato y otros temen que les suceda algo a ellos mismos… Unos tienen miedo de preguntar mientras que otros sí lo hacen aunque todos tienen dudas, y desconocer las causas nos crea inseguridad. Pero cuando hablamos mucho y naturalmente de algo lo normalizamos, lo hacemos cotidiano y aceptamos que es posible (aunque no deseable) que ocurra. Lo que nunca debemos hacer es ocultar, mentir o usar eufemismos (se ha marchado o se ha dormido), incluso es recomendable hacerles partícipes de los rituales de duelo y despedida. Si el niño es pequeño (hasta seis años) es mejor ser concretos, pues les cuesta entender abstracciones como “espíritu”, “energía” o “más allá”: es preferible explicarles que el cuerpo es como una maquinaria que hay que cuidar para que funcionen todos sus mecanismos, aunque a veces las máquinas envejecen, se estropean o duran menos. Así el niño entenderá que puede haber causalidad entre salud y una correcta alimentación, deporte o higiene, y esta forma de entender podría calmar su ansiedad, si bien hay que incidir en que inusualmente la enfermedad llega sola y no es culpa de nadie. Perder a un ser querido lo cambia todo y por eso es mejor no alterar las rutinas en la medida de lo posible, ya que contribuyen a crear un espacio predecible y seguro para el niño. Si aparecen miedos nuevos (como no querer dormir solos) es mejor ser indulgentes y aprovechar esas ocasiones para abrazarlos, darles calor y hablar sobre ello. Por supuesto es conveniente informar a todos sus círculos (extraescolares y comunidad educativa incluidos sus compañeros) para que entre todos presten comprensión y paciencia. El proceso de duelo es largo y difícil y para acompañar a un niño en su proceso es imprescindible hablarle mucho y amarle mucho. Y dejar que las rutinas vuelvan a instalarse.

D.E.P. Fatiha.

Sentimos enormemente su perdida y acompañamos en el dolor a toda su familia.

Raquel Sanchez-Muliterno