Llevo unas semanas intentando escribir algo sobre la pandemia provocada por el coronavirus y creo que nunca me he encontrado en tal situación de aridez, de carencia  mental y creativa, de silencio abrasador, al menos en el primer tiempo de la estancia del virus entre nosotros. Las imágenes más adecuadas para  representar esta situación serían el desierto, la noche, la muerte.

Después la escena se ha ido poblando de colores y de ruidos: el oleaje del mar, la luz del amanecer, el choque diáfano de la vida contra la servidumbre del engaño. Todo está oscuro y escondido, vacilante y pequeño. Es también el estallido de la malicia, del virus que nos destruye y nos hace daño. Es el mal, el sin sentido, la herida del mundo reflejada en los estragos de la violencia. No es todo pura fantasía  e imaginación, sórdida literatura.

No pretendo lanzar al vacío una pieza retórica que nos llene de palabras y nos paralice, sino situarme en una reflexión sencilla y sensata –si es posible- de carácter colectivo y cívico, netamente ciudadano.

Nos encontramos, lo primero, ante  un hecho grave que afecta en sus términos últimos a la salud de la población. Un hecho mortal, en otras palabras, que pone en riesgo nuestra vida. Y que es también, al mismo tiempo, un hecho moral que pide de nosotros una reflexión ética

El contenido de esta reflexión debe centrarse ante todo en la altísima importancia del fenómeno de la pandemia, en su extrema gravedad y sus consecuencias y riesgos para la salud y para la vida global  de la humanidad. O dicho de otra manera aún más incisiva, su tremenda capacidad destructiva de realidades y valores de todo orden: físicos, sanitarios, culturales, personales…

Es una dimensión de futuro que se conecta con su dramatismo actual. Pero esa dimensión de futuro presenta otra vertiente a la que se adjudica ya una expresión más o menos precisa: la nueva normalidad, que tiene un valor pero a la que hay que tratar con cautela para que no nos lleve a los derroteros de una teoría estéril. Se trataría simplemente de responder a la pregunta: ¿cuál sería la nueva normalidad después de que todo esto pase?

Pero el presente tiene su peso, y en él hemos de buscar pistas de realización de una humanidad emancipada, sus valores más necesarios y ojalá vigentes. En este tiempo convulso tenemos ocasión y motivo de vivir el confinamiento y la disciplina ciudadana, pero también la solidaridad y la cercanía social más allá del contagio físico. Hay que destacar en todo su valor la importancia  -decisiva y global- de cualquier empeño individual que está al servicio del interés colectivo.

Santiago S. Torrado

             EL VIENTO QUE NOS LLEVA

Tanto trabajo y cuidado

no sirven a veces para nada;

más vale confiar

en el viento sereno de la vida

que despeja los temores y las sombras

y acaso nos conduzca

a un otoño dorado,

a una clara y rotunda primavera,

a un verano de hermosura y de fragancias

más allá del invierno.