Siendo, definitivamente, la nuestra una sociedad que consume arte desde las instituciones como meros observadores, no es de extrañar que miremos todo lo ocurrido en la historia, a veces, con la misma claudicación sin reparar en la certeza de nuestra propia pregunta. ¿Qué ocurrió para que fuera posible? Arte e historia, o lo que es lo mismo, los presentes del tiempo y el arte siempre fueron causa y consecuencia.

En un momento donde preferimos y proliferan las propuestas artísticas, con carácter efímero,  la pervivencia de la memoria capaz de recoger la entidad de la sociedad que parece producirlas sufre, desde hace algún tiempo, una especie de diáspora emocional. Las propuestas actuales no resultan ser el catalizador de la edad que las produce. La huella, si llegara a quedar,  se percibe ajena para, sin embargo, visibilizar una sociedad que gira la mirada hacia  la historia propia, a los siglos que no conoció como forma de verificar lo que se es por el lugar de donde se viene. Y es que es éste un momento donde creemos saber ver y percibir depurando causas. Somos parte de una sociedad que en el conocimiento tiene un argumento de peso trascendiendo el interés contemporáneo; que reconoce el valor emocional, histórico y cultural del legado dejado aún cuando sea capaz de cuestionar a los promotores ancestrales que siglos atrás propiciaron la herencia patrimonial y cultural, hoy, sin cuestión ni discusión alguna por ninguna de las partes.

En este sentido, tal y como apuntábamos en la edición anterior, iremos ofreciendo algunas claves para entender el fenómeno del que hablamos; de la falta de identificación con las manifestaciones actuales y algunas respuestas que nos ayuden a entender por qué determinados periodos produce un arte que aún hoy perdura y frecuentamos como propio. Sin duda, podríamos comenzar este camino por diferentes momentos, sin embargo la cercanía y la posibilidad de encuentro  con el legado Románico, lo hace propicio para este inicio.

Así, y sabiendo que todo tipo de respuestas pueden venir articuladas en la misma proporción tanto por razones como por la reprobación de las mismas, sería conveniente señalar un eje fundamental para centrarnos, a saber. España, sin entrar en valoraciones territoriales, es un país de arte. Un país que atesora el segundo lugar del mundo en patrimonio cultural y donde mucho tiene que ver la huella del Románico en su mitad norte.

Románico, hoy, íntimo y caminado que hunde sus cimientos en los siglos XI y XII, que no defiende Marca Hispánica alguna, sino la identidad de las piedras testimonio de un pasado en el Medioevo capaz de evocar, ahora, desatendiendo a jaculatoria o sermón y sin renuncia a la magia del cobijo. Huellas de cantera que no refrenda ya cristiandad ni andanzas contra califatos o reinos de Taifas. Son las piedras del Románico que fueron por razones del instante, del tiempo cambiante y lento que hoy desprenden ruralidad buscada por el despierto y reconoce el laico por su dimensión humana, que no divina.

Desde luego son muchas las razones que hacen de este periodo un lugar preciso en el tiempo: desde la caída del imperio Carolingio en Europa, repunte de un tímido comercio, aumento de población, hasta un particular sentimiento de pertenencia a un lugar común, pasando por rudimentarios avances técnicos y surgimientos de importantes abadías, que a lo largo del tiempo iremos señalando y ubicando con mayor atención.

De tal forma, no cabe duda que el Románico es paso y posada que ofrece un espacio preciso adherido a la primera corriente artística internacional, sustanciado en ermitas, monasterios o catedrales que supusieron un punto de convergencia donde, incluso, la picaresca de una sociedad estamental marcaba los lugares de cada cual, dejando resquicios sinuosos entre la capitulación y la irreverencia.

A expensas de esto y sabiendo lo complicado del equilibrio, es posible apuntar la relación entre aquello que vemos hoy y el momento de su catalización en diametral oposición a la desafección actual con las artes plásticas del momento. Y es que existe una enorme distancia entre aquella “puerta” que supuso el arte para la población medieval y sucumbir a la creencia del cuestionamiento como vehículo de transparencia. Y ahí estriba uno de los factores determinantes.

El Románico europeo y el español con sus particularidades, al margen de episodios censurables en la distancia del tiempo, atendía a un programa de identidad colectiva. Se fijó un objetivo en esa colectividad que, además, participaba activamente de un modo u otro de ello. Partía así de postulados propios en diversos asuntos generando espacios comunes desde la particularidad local tanto de materiales como de formas. En este sentido es posible afirmar que, hombres y mujeres pertenecientes a este período de la historia, eran receptores de la experiencia en primera persona. El arte actual, carece de ese principio esencial de objetivo colectivo quedándose en un simple ofrecimiento para la observación y la experiencia provocada cuando no emulada. Ahora, somos observadores de la experiencia.

La razón por la cual continuamos teniendo el Románico como referencia,  tiene mucho que ver con el lugar de encuentro más allá del espacio que lo delimita en una arquitectura comprensible a las sensaciones humanas y colectivas; son espacios conocidos sin haberlos habitado invitando a la introspección y hoy sí, antaño no, librados del acervo que pudieran infundir imágenes de culto sacro en madera o caliza indultadas más que nunca ahora, por la misma razón que exonera de culpa a claustros, bóvedas, cantorales, monasterios, códices o los ecos fríos de la propia fe entre las piedras; elementos sin duda que nos llevan a una relación directa con ese sentido cerrado de la cristiandad como animador que, desde su privilegio, recogió saberes, fundó monasterios o las primeras universidades. Asuntos todos ellos que iremos exponiendo a lo largo del curso en ejercicio, mediante los cuales pretendemos establecer esa relación entre la manifestación cultural y el tiempo que lo produjo.

Valga pues esta reseña como somera  introducción al universo del Románico en el que seguiremos,  ya con la atención puesta en la particularidad de sus señas de identidad y lugares precisos, sin renunciar al análisis comparativo con las manifestaciones artísticas actuales.

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